Disfrutar de los colores del otoño es un privilegio reservado a muy pocos. Al menos, esa es mi impresión. Este fin de semana he tenido la oportunidad de comprobar el lenguaje mudo de los colores en el valle de La Val y en el valle del río Miravete. Adentrarse caminando o en bicicleta por estos parajes solitarios, casi desolados, en un día agradable de otoño te ofrece la oportunidad de entablar un diálogo simbólico pero muy cercano con toda esa gama cromática que va desde el verde oscuro de las carrascas hasta el amarillo casi insolente de los chopos que flanquean las orillas del Guadalope. De todos modos, el color que me ha fascinado estos días ha sido el amarillo-ocre del acerolo o azarollo. Destaca como un invitado exótico al concierto de colores que se dan cita por muy pocos días en estos valles singulares. La soledad y el silencio, sólo acompañados por el murmullo del mermado río, completan el festín estético. Toda una gozada y una fuente de evocaciones y recuerdos: Cuando cogíamos las azarollas y las dejábamos madurar en el granero o en el solanar. Luego se elaboraban unos rosarios con este fruto, que también se puede conservar en vino o en otros licores. Algo delicioso y casi perdido, como tantas cosas.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/