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SENSACIONES

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Mientras avanza la primavera a pasos agigantados y las calles se engalanan de colores chillones y de prendas extravagantes, la mayoría de los estudiantes piensan ya en esas vacaciones de Semana Santa, tan esperadas como efímeras. Lo que más inquieta a nuestros jóvenes adolescentes es ese mañana eterno que comienza en un soñado viernes por la tarde – más dilatada desde el cambio de la hora – y termina en una tarde de domingo de regreso, de reposo o de nostalgia prolongada. Llegará esa semana de asueto y muchos se aburrirán al día siguiente; otros buscarán alejarse de la gran ciudad, y un pequeño grupo se refugiará en la música, el cine, el deporte o la cultura.

            La calle es un reclamo durante estos días. Las plazas recoletas se convierten en refugio improvisado de ancianos, de jóvenes y de niños. En los colegios e institutos se programan semanas culturales o viajes de estudios para complementar un largo trimestre que habrá dejado en ocasiones un sabor agridulce. Todo son sueños e ilusiones, promesas y aspiraciones: los zaragocistas sueñan ya con la séptima Copa del Rey, los cofrades con las procesiones, los pequeños con ser de una vez mayores, los jóvenes por llegar a adultos, los prejubilados por dejar definitivamente un trabajo que cada vez les cansa más.

            Es la eterna rueda de la vida. La espiral ascendente del destino. El laberinto intrincado de la existencia. Porque la primavera también es tiempo para pensar, para filosofar o para plasmar por escrito lo que dicta el corazón y la mente tamiza.

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