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CRUCE DE CULTURAS

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            Tarde de mayo en la calle Conde de Aranda. Regreso en el autobús 22 – una auténtica ruta turística para el viajero sin prisas – hasta el barrio de Las Fuentes. Todo cambia continuamente a través de la ventanilla del transporte urbano: los edificios, las personas, los establecimientos, los solares, las calles,… Pero lo que más me sorprende es la travesía urbana por esta calle zaragozana que, en menos de diez años, ha cambiado completamente de fisonomía y cada vez me recuerda más a una calle periférica de un barrio de Londres o de un arrabal neoyorkino. Los portales se llenan de personas de distintas culturas y diferentes razas. Muchos, al parecer, viven más en la calle que en los pequeños cuchitriles del Casco Viejo, donde tal vez estén hacinados. Y esos portales que desfilan con rapidez ante mi vista se han nutrido de nuevos inquilinos, de nuevos comercios, de nuevos rótulos. Se mezclan en una babel variopinta tiendas de chinos, bares de chinos, restaurantes orientales con casas que ofrecen comida turca, con bazares marroquís o locutorios subsaharianos. Y así viven, o sobreviven. Y conviven aparentemente en paz. Y se muestran aparentemente felices, a pesar del desarraigo. Porque, al parecer, han logrado escapar de la miseria. Vida de calle. Ocio de calle. Vagabundeo por las estrechas calles adyacentes. Soportando el paso de los días. Sin prisas, sin sobresaltos, como esas palmeras que tan bien cuadran con el marco oriental que engalana esta calle recién remodelada. De vez en cuando, un establecimiento autóctono, de los de siempre: Pompas Fúnebres Aragón, Colegio de las Escuelas Pías o Academia Marco. Y, pocos metros más allá, surcando el horizonte, la torre de San Pablo: de otro tiempo, de otra época, de otra cultura. Mudo reflejo de la mezcla variopinta de estilos, como ese latido intercultural que dota a la calle Conde de Aranda de un aire diferente. Como de otra época ya vivida, definitivamente caducada. Aunque vuelva de nuevo a renacer después de varios siglos.

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