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MIEDO A VOLAR

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     Nunca me ha hecho demasiado ilusión viajar en avión, aunque reconozco que, hoy por hoy, es uno de los medios más rápidos y más seguros. Lo que ocurre es que, si cruzas el Atlántico en avión, te entra un cierto desasosiego interior y no tienes más remedio que abandonarte a la Providencia. Recuerdo el vuelo a Seatle en el verano de 1990, con escala en Nueva York. Fueron quince horas de viaje sin grandes sobresaltos y con la incertidumbre del aterrizaje. El último vuelo fue un trayecto corto de Lyon a Barcelona. Era un aparato pequeño y la verdad es que, al cruzar los Pirineos, hubo demasiadas turbulencias. Lo peor fue el aterrizaje en el Prat. No nos daban entrada y parecía no llegar nunca el momento de tomar tierra. Todos estábamos deseando pisar suelo español y a algunos se nos pasó por la cabeza besarlo de alegría.

    Ahora, lamentablemente, han cambiado mucho las cosas. Después de los atentandos del 11 de septiembre de 2001, y durante estos días de controles ante posibles amenazas terroristas, el miedo a volar se ha extendido entre los numerosos viajeros que van o regresan de vacaciones, o toman el avión habitualmente por motivos laborales. A veces este miedo se puede transformar en pánico. Y los viajeros son los que pagan las consecuencias. Porque la mayoría no tienen más remedio que volar. Y el miedo se lo guardarán dentro. Y sentirán un gran alivio al llegar al punto de destino. Lo malo es que la amenaza está allí. Y el miedo escénico se multiplica como un castillo de naipes. Ahora tendré un motivo más para perder mi ilusión por volar. De todos modos, el peligro puede estar también en el tren o en el coche. Nunca se sabe.

 

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