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MERCADOS CON SOLERA

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            Hay mercados de barrio, mercados de la periferia, mercadillos rurales, mercados de abastos,... Pero son pocos los mercados con solera, con historia, con tradición. De los que conozco personalmente, uno de ellos es el Mercado de Valencia, otro - ¡cómo no! - el Mercado Central de Zaragoza y otro el Mercado de la Boquería de Barcelona, en pleno centro histórico de la ciudad condal y al lado de las famosas Ramblas de las Flores. Y es que los mercados tienen un sabor especial, un olor especial, un ambiente peculiar. En esos recintos destacan la variedad de colores, de productos y, sobre todo, el trato personal con el cliente. Precisamente durante estos días se están celebrando unas jornadas gastronómicas dedicadas a la tradición culinaria del Maestrazgo. Es una manera más de promocionar Teruel en Barcelona. Aunque no sirva para mucho. Porque los aragoneses que emigraron a Cataluña difícilmente van a volver a su tierra y afincarse en ella.

            Muchos mercados zaragozanos deberían seguir el ejemplo del famoso mercado barcelonés. Sobre todo el Mercado Central que, por fin, se va a remodelar y va a cambiar de fisonomía sin perder su encanto tradicional. Habría que explotar más la imaginación para evitar la progresiva desaparición de los mercados de barrio. En San José tuvo que cerrar el Mercado de Santa Gema, y en Las Fuentes hay varios mercados a punto de desaparecer: el Mercado Ebro, el Mercado San Siro, los dos mercados de la calle Compromiso de Caspe,... Les ha llegado la hora de renovarse. O de morir. Porque la competencia es cada vez más feroz y los supermercados los van devorando como Saturno a sus hijos, igual que han devorado a los pequeños comercios, a los comercios de pueblo.

            Otro problema distinto son las pequeñas tiendas de nuestros pueblos. Sólo tienen clientela durante los meses de verano y, mientras tanto, pagan impuestos todo el año. En Aliaga han cerrado la carnicería y pronto cerrarán el único supermercado. Habrá que buscar alguna solución para que los pocos habitantes que quedan en los pueblos no tengan que desplazarse a comprar a los supermercados de las ciudades más cercanas. ¿Cooperativas? ¿Agrupaciones de comerciantes? Todo puede entrar en el bombo de la imaginación. Mientras tanto, a esperar el camión de los miércoles o la furgoneta de los viernes. Es como una vuelta al pasado. Sin solera. Sin tradición. Sin el trato personal con el cliente.

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