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ANA MARÍA NAVALES

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   Llega a mis manos la revista cultural Turia que, afortunadamente goza de buena salud. La recibo ilusionado. Ya tengo lecturas para mis momentos de ocio prenavideños. En esta edición -  número 80 - dedicada al escritor italiano Claudio Magris, - premio Príncipe de Asturias en 2004 - hay una sección por la que me gusta comenzar y por la que tengo especial predilección: Poesía. En esta ocasión leo, releo y saboreo poemas de Luis Alberto de Cuenca, Ángel Guinda, Manuel Vilas y otros poetas menos conocidos, como los que impulsaron la literatura estonia durante los siglos XIX y XX.        

    De entre todos ellos, me quedo con un poema de la zaragozana Ana María Navales, codirectora de la revista y excelente poeta y narradora de cuentos o relatos breves. En estos versos, la escritora zaragozana reflexiona sobre la inspiración poética, sobre la dificultad de poetizar y sobre el entorno del poeta, no siempre favorable. Es una elocuente declaración de intenciones y una visión metapoética de la realidad:    

                   El día no está para versos

                  que buscan su origen

                  en el enigma al que huyó

                  la primera palabra.        

                  Sólo hay muerte y silencio.

                  El incendio lo arrasó todo:

                  la luz de la memoria,

                  la música convertida

                  en miedo, páramo y ceniza,

                  el asombro del latido y el secreto.

                   Hay que despedirse del poema 

                 sin rencor, trampas ni engaño,

                 y no aceptar su inútil desafío.  

 

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