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RAMÓN Y CAJAL, MAESTRO DE INTELECTUALES

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    La proximidad de mi domicilio al Centro de Historia de Zaragoza me ha permitido visitar con detención la Exposición dedicada a don Santiago Ramón y Cajal, con motivo del centenario de la obtención del Premio Nobel de Fisiología y Medicina, compartido con el italiano Camilo Golgi. De esta excelente muesta, me quedo de momento con la vocación de escritor del científico e investigador de Petilla de Aragón.

     Porque don Santiago fue un buen literato y  podría haber sido un gran escritor. Pero no pudo dedicar mucho tiempo a la creación. Nos ha dejado, sin embargo, algunas obras dignas de tenerse en cuenta. En 1886 escibe Cuentos de vacaciones. En estos relatos da muestras de su maestría en la redacción y de su fluidez de estilo, en la línea de los narradores de la época. Nada más iniciarse el siglo XX publica Mi infancia y juventud, primera parte de sus Memorias. En esta obra rememora sus primeros años en Valpamas, Larrés, Luna,...y su estancia como estudiante de Medicina en Zaragoza. Es una obra amena y bien redactada, que se anticipa al Sender de Crónica del Alba, aunque sin llegar a la maestría y estilo del novelista de Alcolea de Cinca. En 1917 publica la segunda parte de sus Memorias, Historia de mi labor científica.

     Pero será en 1921 cuando Cajal revele lo mejor de sí como literato, con la publicación de Charlas de Café. El científico aragonés plasma en este libro, subtitulado Pensamientos, anécdotas y confidencias, una serie de reflexiones, divagaciones, fantasías y comentarios sobre el mundo que le rodea. Todo ello, fruto de su observación, sus lecturas y su gran curiosidad intelectual.  En el prólogo de la edición de 1999, su sobrina María Ángeles cita al propio don Santiago, que afirma para justificar su dedicación a la literatura: "El hombre que se dedica a la ciencia, al laboratorio, no tiene necesidad de ser un cartujo. Todo lo contrario, es necesario, para no anquilosarse y aliviar la tensión nerviosa acumulada en el trabajo, dejar vagar la imaginación por los amenos vergeles de la literatura, arte, costumbrismo, etc., aunque desempeñemos en ellos un modesto papel, y para ello, nada mejor que relacionarse con toda clase de personas siendo asiduo de tertulias de cafés, peñas y casinos".

     En mayo de 1934, cinco meses antes de su muerte, Ramón y Cajal da a luz su última obra de creación, El mundo visto a los ochenta años. En este ensayo don Ramón contempla el mundo en la alborada del siglo XX desde la atalaya privilegiada de su experiencia. Es una visión profunda, inquietante y, en ocasiones, premonitoria. En una breve Introducción afirma el autor, en la línea de dos de sus maestros, Gracián y Schopenhauer: "El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos en plena supervivencia".

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