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LA MAGIA DEL MONCAYO

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    Hoy he logrado realizar, por fin, una de mis aspiraciones en lo que a travesías de montaña se refiere. Después de muchos años de intentos, aplazados por diversos motivos, esta mañana he ascendido a uno de los picos más representativos de Aragón y a la cima más elevada del Sistema Ibérico. Desde primeras horas de la mañana, en un excelente día otoñal, nos hemos dirigido hacia Vera del Moncayo no sin antes detenernos en el Monasterio de Veruela, que estaba todavía cerrado para los visitantes. La mole del Moncayo se divisaba diáfana desde la carretera nacional que enlaza Zaragoza con Soria. A lo lejos, hemos podido contemplar la cresta del Moncayo, que tanto hechizó a Quadrado y a Parcerisa a mediados del siglo XIX, la silueta casi mítica de esa prominencia orgullosa que despertó la admiración del romántico sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, la espalda teñida de los colores del otoño que tanto sedujo a Machado cuando la contemplaba desde tierras Sorianas en primavera hace precisamente cien años, la sombra amenazante y casi sublime de ese dios que ya no ampara, en palabras de nuestro gran poeta y cantautor José Antonio Labordeta.

     Ha sido una subida difícil, exigente, progresiva. Ha sido una ascensión zigzagueante hasta la cresta de la cadena montañosa. Ha sido un recorrido del que he podido disfrutar casi tanto como cuando ascendí a los tres grandes del Pirineo Aragonés - Monte Perdido, Posets y Aneto - hace casi treinta años. Javier iba abriendo camino y me ha servido de guía precoz con su entusiasmo y sus ánimos. En en camino nos hemos encontrado con unos cincuenta montañeros que perseguían el mismo objetivo. Ya en la cumbre, hemos tenido que resguardarnos de un cierzo frío que parece ya crónico a esas alturas. En la cima, la fotografía de rigor - Javier con una pequeña bandera de su querido Real Zaragoza - y la contemplación de un paisaje tan vasto como nuestra vista podía alcanzar. Los Pirineos se veían a lo lejos hacia el norte. Y en el valle pequeños pueblos que punteaban de blanco un paisaje verdeamarillo: Lituénigo, San Martín del Moncayo, Trasmoz, Añón y Tarazona. En la vertiente soriana, Ágreda, Noviercas y algunos pueblos más pequeños casi desdibujados por el contraluz de un sol otoñal insolente.

    El descenso ha sido rápido y francamente maravilloso. Hemos dejado la cumbre con una cierta nostalgia y con el deseo de volver. Tal vez en primavera y, si puede ser, con ese manto de nieve que atraía e inspiraba a Antonio Machado. Pero el Moncayo tiene más tesoros escondidos. Lo importante es descubrirlos poco a poco. Y degustarlos. Como ese exquisito menú con el que hemos culminado una mañana de aventura y de regreso a la montaña. A una de nuestras montañas más legendarias.

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