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AL FILO DE LO COTIDIANO

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     El domingo se despereza atenazado por las dentelladas de un aire frío, casi helador. Las calles de mi barrio están casi desiertas cuando voy a comprar la prensa. En las aceras, los restos de cada fin de semana: bolsas de plástico, alguna lata y excrementos, muchos excrementos de animales de cuatro patas. Una hora después, mientras la pequeña pantalla nos mostraba a un Ferrer incapaz de plantarle cara a Federer, vuelvo a la calle desafiando el ambiente invernal: carrera continua por el puente de Las Fuentes, recorrido por Vadorrey y regreso por el puente de Manuel Giménez Abad. Desde la altura, contemplo el cauce escuálido del Ebro y compruebo el avance sin retorno del tan cacareado azud. Me pregunto si después de la Expo servirá para algo y qué ocurrirá cuando se desencadene una gran avenida.

    Pero, como la mañana dominical da mucho de sí si uno remolonea en la cama, al filo de las doce, me acerco al rastro de la calle Pignatelli. Javier quiere cambiar algunos cromos de la liga 2007 y yo aprovecho para visitar los tenderetes de libros. Siempre hay alguna joya literaria escondida donde menos te lo esperas. Me quedo con los tres volúmenes de Los gozos y las sombras del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester, a un precio más que asequible. Desde la glorieta Aznárez hasta la plaza del Portillo, oleadas de ciudadanos de todas las culturas y nacionalidades desfilan premiosamente delante de los puestos de venta, muy bien instalados algunos; otros, improvisados caóticamente sobre el frío asfalto. Todos buscamos el tímido sol otoñal. Muy pocos encuentran lo que buscan, si es que buscan algo. La mayoría se contenta con observar, comprobar o preguntar por un determinado producto o artilugio. Son escasos los que se atreven a regatear. Y muy pocos los que se van con el producto deseado. Lo normal es quedarse con lo que uno no necesita, acumular objetos, colmar la sed de posesión, ejercer de anticuario o de restaurador o de coleccionista de lo que sea. Al filo de las dos, la calle Pignatelli va volviendo paulatinamente a su habitual fisonomía. Eso sí, tendrán que pasar los de FOCSA para dejar esas calles transitables, sin cartones, sin envases, sin perchas, sin residuos de residuos. Porque lo que sobra, lo que no se ha vendido, volverá al mismo lugar el próximo domingo. Aunque haga tanto frío como hoy. Al parecer, la ciudad necesita de este tipo de zocos. El problema es que nadie los quiere en su barrio, ni en la puerta de su domicilio. Pero cientos de zaragozanos voverán cada domingo a los aledaños del Portillo para comprobar si hay algún producto nuevo, original o incluso único.

     Para volver a casa hemos esperado durante varios minutos el autobús. La impaciencia se contagia entre los que poblamos la marquesina. El indicador de frecuencias lleva más de un mes sin funcionar y se le ha acumulado el polvo. Por fin llega uno, aunque no es el que esperábamos. Habrá que hacer trasbordo en la plaza de España. Allí tampoco funciona el indicador electrónico. Decenas de viajeros esperan bajo el frío. Al final, hemos de cambiar de nuevo a otro autobús que nos deja algo más lejos de casa. Llegamos tarde a comer. Y es que, últimamente, parece que algunos autobuses van a paso de tortuga. Pero no pasa nada. Es domingo y no hay que acudir a la Romareda a las cinco. Será una tarde sin liga,  tal vez algo anodina, dilatada, crepuscular, otoñal. El colofón dominical de un buen fin de semana. 

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