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LA TRISTEZA DE UN NIÑO

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Aunque no soy partidario de elegir una determinada fecha del año para celebrar un día mundial de algo, hoy me ha servido como punto de partida para esta breve reflexión la noticia de la celebración del Día Mundial de la Explotación Infantil. Las cifras de menores de edad que trabajan desde los cinco hasta los dieciséis años son escalofriantes. Se habla de más de doscientos millones de niños y niñas explotados de una forma y otra a lo largo de la geografía del planeta. Son niños sin una sonrisa franca, niños sin tiempo para divertirse, niños sin escuela, niños desarraigados, niños con un rictus de tristeza en los labios. Y lo peor de todo es que muchos de ellos son explotados por sus propias familias.

No es de extrañar que una niña sudamericana afirme espontáneamente que no quiere tener hijos. Que para hacerlos sufrir no es necesario traerlos a este mundo. Palabras para la reflexión y para la adopción de medidas urgentes.

En el siglo XIX se explotaba a los niños en la Europa civilizada. Dos siglos después, todavía se habla de trata de niños y niñas en numerosos países del llamado Tercer Mundo. ¿Habrá que esperar doscientos años para que desaparezca esta lacra social? ¿Cuál debe de ser el papel de los gobiernos? ¿Y el de las familias? Cuando vemos por la calle o en la guardería o en el colegio a niños sonrientes, felices, bien vestidos y bien alimentados no solemos pensar en la otra cara de la moneda, en la antítesis de este síntoma de bienestar. Porque la tristeza de un niño es un síntoma muy claro de una enfermedad social. Lo malo es que esta lacra se ha convertido en algo crónico y de difícil solución a corto o a medio plazo.

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