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ADIÓS A UN GRAN COMPOSITOR

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La implacable dama de blanco se ha llevado por delante prematuramente a Sergio Algora, a sus 39 años. Sergio, además de componer excelentes temas musicales, se dedicó a la creación literaria y cultivó todos los géneros. Como homenaje a este inquieto joven zaragozano, plasmo uno de los artículos que, a modo de diario de un fin de semana de julio, publicó recientemente en el Heraldo de Aragón. Son fragmentos de auténtica prosa poética. Su contenido alude al paso del tiempo y a la gozosa realidad de sentirse vivo:

 

VIERNES. Abría la carne como lo haría la punta de una flecha y asomaba su cabeza sonriente, saliendo de la herida, como lo haría un niño al ser descubierto en el escondecucas. "¿Sabes la suerte que tienes de que sea yo y no otra la que te dañe?", decía. Decía también, "soy el fin de lo que nace".

       Los capítulos de los días iban cayendo en blanco al libro de las horas porque teníamos que conseguir que aquella guerra la ganaran los bares. Aquella guerra que andaba sola y no iba con nosotros. Sintiendo mi cuerpo como un uniforme y pensando que cualquier cuerpo podía ser el siguiente dependiendo de lo que durase la Batalla del Bar.

El día de la Mujer Invisible yo fui la habitación contigua al dormitorio donde daba su amor a los otros hombres.

SÁBADO. Heredamos los libros de nuestros mayores. Es hermoso sentirse vivo y hermanado en la cama con otra persona cuando las tripas hacen ruido. Sentirse vivo. Parece que quiero vender algo. Se acercan las niñas con sus huchas y me preguntan, "y los vivos, ¿heredan los vestidos de fiesta de los muertos?", "y los vivos, ¿no se asustan cuando escuchan esas risas en la calle, esas risas que suenan sin haber personas cerca y que parecen carcajearlas las sombras?", "y los vivos, ¿tienen algo en común con alguien?". Abrazo a mi amor porque hemos heredado el hambre y lloro en su pelo.

DOMINGO. Pensando que las luces de los camarotes de los barcos en bajamar eran mi faro me eché al mar. Las ventanas brillaban como velas puestas en una mesa sin comensales. El mar leía en la noche los nombres de los barcos. El mar es sencillo como un hombre. Le es más fácil matar que amar.

 

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