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RETAZOS DE OTOÑO (I)

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     Como muchos zaragozanos, abandono la capital del Ebro a media mañana para dirigirme a Aliaga, el pueblo que me vio nacer. Dejo la ciudad con un sol radiante y molestas rachas de cierzo y me encamino hacia el Burgo de Ebro contemplando el verde de la ribera y el gris-pardo de las lomas de Mediana. El otoño se ha instalado en el campo de Belchite. Las ruinas amarronadas casi se confunden con el cielo, cada vez más cárdeno. Sólo algunos chopos verdeamarillos asoman con timidez en alguna vaguada. De los olivos de Belchite se pasa casi sin respiro a las viñas de Lécera y de muniesa. Los sarmientos muestran los colores ocres y amarillo de sus hojas. Han dado ya su fruto y se preparan para un largo y riguroso invierno. A lo lejos, diviso los tejados de Maicas, pequeño pueblo que me trae entrañables y nostálgicos recuerdos. Hoz de la Vieja me recibe como siempre, silenciosa y solitaria, con su torreón erguido en la colina y su campanario cargado de historia.
      Llego a Aliaga hacia el mediodía. El río de la Val, aprendiz de acequia, me anticipa la escasa lluvia que ha caído durante los últimos meses. Ya a la entrada de mi pueblo, contemplo las pancartas que reclaman una solución rápida y eficaz para la empresa Neoelectra. Se advierte unidad entre todos los vecinos. Hay carteles en casi todas las fachadas y balcones. Es unánime el lema "Salvemos Aliaga". Aún hay un resquicio de esperanza. Nadie quiere la incertidumbre. Nadie desea el cierre de esta industria. Nadie se imagina un pueblo sin escuela, sin centro médico y sin supermercado. Por eso se va a luchar hasta el final. La televisión nacional se ha hecho eco del problema. Me dicen que la televisión autonómica no se prodiga tanto por aquí. Todos conocemos el motivo. Mientras tanto, el compás de espera continúa y la esperanza no se pierde. Tiene que haber un arrego. Debe haber un arreglo. Ni Aliaga, ni la comarca de las Cuencas Mineras, ni la provincia de Teruel se merecen este lamentable desaguisado.
      La tarde se torna grisácea. Hay frío en el ambiente. Soplan vientos del este y parece que la esperada lluvia puede llegar por fin. Me dicen que ya ha helado durante dos o tres noches. Menos mal que los frutos de la huerta están casi todos en casa. El invierno se anticipa, aunque no llueva ni nieve como antes. Casi todos lo atribuimos al tan cacareado cambio climático. Hay partida de guiñote en el bar Alfonso. La tarde se desliza lenta, morosa, otoñal. El contraste con Zaragoza es evidente. Aquí uno busca la tranquilidad y el sosiego. Y alimenta los buenos deseos. Uno quiere que el tiempo trascurra sin sobresaltos y que las pancartas de los balcones se conviertan pronto en alegres fuegos de artificio. Por el futuro de Aliaga.

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