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Un amigo mío comenta con frecuencia que Teruel sólo existe para las multas. Y, después de intentar comprobarlo cuanto circulo por sus casi solitarias carreteras, creo que tiene bastante razón. Quizás sea debido a la poca densidad de población de esta provincia. Ello repercute en la mayor proporción de agentes por habitante. Algo similar ocurre con la información meteorológica. Desde que tengo uso de razón, veo la silueta de teruel con dígitos negativos durante los meses invernales. El clima es extremo, riguroso y, en general, perjudicial para casi todo tipo de plantación agrícola. Si a ello unimos la peculiar orografía, podemos afirmar que esta provincia no goza de los privilegios de otras muy cercanas.
Pero hay que mirar la cara positiva de Teruel. Todo esto lo escribo mientras se está disputando en la capital de los Amantes la fase final nacional de un torneo de volleyball - ¿por qué no decimos balonvolea? -. Uno se alegra al contemplar por la televisión autonómica aragonesa un pabellón lleno hasta la bandera y un ambiente inmejorable. Puede ser un nuevo impulso para Teruel que complemente al ya consolidado parque temático Dinópolis, a la celebración en febrero de la fiesta de los Amantes, a la Feria del Jamón, al reclamo invernal de las pistas de esquí de Javalambre y Valdelinares o a la futura Ciudad del Motor en Alcañiz.
Es verdad que el turismo no lo es todo y que el deporte no lo es todo. Todavía quedan muchas asignaturas pendientes para la provincia. Destacan, entre otras, la industria y las comunicaciones. Esta última está comenzando una andadura lenta pero progresiva. Pronto estará enlazada por autovía con la capital de España. Acaba de inaugurarse, por fin, el último tramo de la Autovía Mudéjar, que comunica ya las tres provincias aragonesas. Pero quedan todavía muchos proyectos por realizar. Es de esperar que, después de las elecciones del próximo 9 de marzo, el partido que esté en el poder se siga acordando de esta provincia. Y que los representantes pólíticos electos sean auténticos portavoces y no meras figuras decorativas al servicio de su partido.

Desde el puente de Las Fuentes, llamado también Puente de la Unión, que enlaza las dos orillas del Ebro hacia el este de Zaragoza, observo la ciudad, contemplo las riberas y atisbo los edificios más emblemáticos de la Exposición de 2008. Durante mi recorrido matinal desde la margen derecha del Ebro, atravieso desde la altura el parque lineal, que está a punto de inaugurarse. Aparentemente, su aspecto ha mejorado respecto a la zona verde anterior. De momento, sólo veo un lunar: el descenso final hacia el cauce del Ebro ha quedado desprotegido, sucio, salpicado todavía de pequeños residuos.
Avanzo a paso ligero por encima del "gran río" - ironías de la vida - y lo contemplo amarronado, mugriento, escuálido, artificial. Parece mentira que el Ebro sea todavía fuente de discordia entre los dos grandes partidos políticos. Parece mentira que algunos hablen todavía de trasvase - o de trasferencia -. ¿Han contemplado el cauce del río en los últimos nueve meses? Les invitaría a que lo hicieran antes del 9 de marzo. Me acerco a la margen izquierda del río y pienso que el próximo domingo a estas horas ya estará en marcha toda la maquinaria electoral. Y me cuesta creer que, a estas alturas, todavía haya votantes indecisos. Y me cuesta entender que muchos votantes pasarán de todo y eligirán el camino fácil de la abstención. Ya en el parque de Oriente, en el barrio de la Jota, contemplo cómo los operarios han preparado el terreno para la celebración de la fiesta campestre de la Cincomarzada, el próximo miércoles. Mientras hago unos estiramientos, evito pisar unos cristales de una botella de licor, esquivo residuos de algún botellón de anoche y trato de sortear los numerosos excrementos caninos, sembrados por doquier.
Me aproximo a Vadorrey y al futuro embarcadero cercano al azud. Todavía no me imagino un río navegable, al estilo del Sena o del Guadalquivir. Pienso que el Ebro no tiene cauce suficiente. Pero nuestros políticos se han empeñado en aprovecharlo como fuente de recreo y de ocio. Quizás sea un acierto. Pero su cauce ya no será tan natural como el de antes. Más les valdría limpiarlo y extraer las toneladas de residuos que deben yacer en su sucio vientre. ¿Lo piensan llevar a cabo? De momento, sólo advierto que el cemento y el asfalto van ganando terreno a la hierba, a los caminos naturales, a las riberas con arbustos. Ya de regreso, descanso unos minutos en el parque. Silencio, soledad y muy poca gente en esta mañana de marzo primaveral.

El poeta granadino Luis García Montero - que estará en Zaragoza dentro de un mes - ha escrito un sugerente y profundo artículo en el suplemento semanal de un periódico. En sus primeras líneas recuerda al lector el tenue cordón umbilical que une la vida y la muerte a través de la literatura.
El creador literario cita al respecto a dos escritores que sufrieron la dolorosa experiencia de la muerte de un ser querido: Wilhelm von Humboldt y Luis Rosales. El primero sufrió la pérdida de su hijo; el segundo evoca en La casa encendida la muerte de sus seres más íntimos.
En agosto de 1803 – recuerda Luis García Montero – Von Humboldt escribe desde Roma a Friedrich Schiller para contarle la muerte de su pequeño: “Nunca he temido ni me he apegado puerilmente a la vida, pero cuando a uno se le muere el ser al que amaba tiene una sensación completamente distinta. Uno cree pertenecer a dos mundos”.
Luis Rosales escribió La casa encendida – comenta García Montero – para contar que vivía también en los metros cuadrados de la memoria, junto a sus muertos más íntimos, habitando un lugar en el que pasado y presente se confunden hasta componer una alegoría cotidiana. Dos mundos respiraban el aire tranquilo de sus habitaciones.
Como amante de la literatura y como persona que ha sufrido en sus carnes recientemente la pérdida de un ser querido, hago mías las palabras del poeta andaluz y me quedo con el eco de las experiencias de Humboldt y de Luis Rosales.
En su reflexión final, García Montero va más allá de la dolorosa vivencia personal y reclama el protagonismo de la literatura como tabla de salvación del naufragio de la muerte: “La literatura – afirma – nos salva de la experiencia de la muerte porque consigue con la vida que pertenezcamos a dos mundos”.

El paso inevitable del tiempo va dejando una impronta en determinados edificios de las grandes ciudades o en el caserío de los núcleos rurales. A mediados del siglo XIX, con la llegada del Romanticismo, se despertó en España el afán por preservar los monumentos históricos de los desmanes de las guerras, del deterioro progresivo por el paso del tiempo o de otros comportamientos caprichosos e incluso vandálidos. Se crearon unos organismos para presevar los monumentos artísticos e históricos más representativos. Una labor difícil, en ocasiones utópica, que libró de la piqueta a muchos edificios que, casi milagrosamente, han llegado hasta nuestros días.
Por eso es importante en la labor que realiza en Aragón APUDEPA (Asociación de Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés). Es una tarea de denuncia, pero de denuncia constructiva. Y es una labor de sensibilización hacia la opinión pública. Gracias a sus intervenciones, muchos ciudadanos hemos conocido atentados indiscriminados contra monumentos histórico-artísticos. Gracias a sus inquietudes, se han logrado evitar acciones traumáticas sobre edificios de gran valor y riqueza.
La última llamada de atención de Apudepa tiene como objetivo salvaguardar la Casa Dueso, un edificio emblemático del siglo XVIII, situado en el casco histórico de Fraga, muy cerca de la monumental iglesia de San Pedro. Los portavoces de esta asociación hablan de aberración cultural, patrimonial, histórica y arquitectónica. Lo mismo opinarían hoy los viajeros románticos José María Quadrado y Francisco Javier Parcerisa, que en el otoño de 1844 comenzaron su recorrido por el Aragón monumental precisamente en la ciudad de Fraga. Les admiró la antigüedad de su caserío y lo pintoresco de sus calles y plazas.
Apudepa intenta que ese tejido histórico no se rompa y que la memoria social colectiva se conserve para las futuras generaciones. Todos sabemos que es más fácil derribar que restaurar. Pero derribar por derribar no tiene sentido y, desde el punto de vista artístico, es algo totalmente absurdo.

Una fiesta local como la Cincomarzada invita casi siempre a salir al campo, a romper la rutina cotidiana y a olvidarse por unas horas de los asuntos pendientes en la agenda. Este año la fecha no ha coincidido con el momento ideal. Por una parte, no enlaza con el fin de semana y los zaragozanos no podemos disfrutar de un puente más largo y sosegado. Por otra, la climatología ha sido espantosa, lo que ha impedido que la mayoría se desplazaran en coche o en otro medio de locomoción a un lugar más o menos tranquilo. Hasta la tradicional fiesta que se iba a celebrar en el parque de Oriente de Zaragoza ha sido trasladada al próximo 23 de abril.
Algunos hemos desafiado al tiempo y a los elementos adversos y nos hemos escapado por unas horas a Aliaga, nuestro pueblo. Una vez en la provincia de Teruel, el paisaje se ha vestido de un tenue manto blanco que contrastaba con el ceniciento del cielo y con el gris amarronado del paisaje invernal. En las proximidades de Escucha, muy cerca del puerto de San Just, nos precedía un camión que esparcía sal en la calzada. Las quitanieves iban y venían para tranquilidad de conductores y transportistas. Ya en Aliaga, el río de La Val nos recibía con su habitual humildad y con un cauce exiguo pero cristalino.
El viento no cesa y azota los chopos desnudos a lo largo de la ribera del Guadalope. Ya en la partida de Las Tablas, encendemos la estufa y nos reunimos en torno al fuego recordando tiempos no demasiado lejanos. La temperatura se eleva por momentos y, desde la ventana, oteamos un horizonte de nubes fugaces, que danzan inquietas sobre las montañas más próximas. Por la tarde, nos acercamos a la Aldehuela para contemplar, una vez más, el edificio desolado de la antigua central térmica, las aguas verdosas de un pantano cada vez más anegado, la soledad y el silencio de un barrio que parece que dormita durante los largos meses de invierno.
Nada más regresar a Zaragoza, me encuentro con un buzón saturado de propaganda electoral. ¿Para qué tanto gasto en papel?, me pregunto mientras abro uno a uno los diez sobres que me llegan por duplicado. Luego, enciendo el ordenador y consulto la bandeja de entrada del correo electrónico: once mensajes. La mayoría no deseados, no esperados, sin contenido lógico alguno. Es el famoso spam que se cuela día tras día en todos los mensajes virtuales. Me tomo la paciencia de eliminarlos sin más. Algunos son sutilmente audaces. Otros, se repiten hasta la saciedad. Y muy pocos, casi ninguno, aportan algo nuevo, interesante, creativo u original. Desconecto el ordenador y leo un poema de Luis García Montero. Mañana lo compartiré con mis alumnos. Es sugerente, profundo y tremendamente coloquial. Como la vida misma.

Esta mañana ha visitado Teruel el candidato del PP a la presidencia del gobierno, Mariano Rajoy. Y lo ha hecho por la mañana, en horario laboral, en horario de jubilados y prejubilados. Los incondicionales del líder popular han vuelto a escuchar su discurso de progreso económico, de mejora de infraestructuras y de desarrollo rural. (¿A qué desarrollo rural se ha referido?). Rajoy ha aludido a su último gran fichaje, el turolense Manuel Pizarro. Porque el líder popular quiere llegar al corazón de los ciudadanos - con la leyenda de la niña incluida - a base de recetas económicas. Lo malo es que estas recetas están ya más que inventadas, más que probadas y que no dependen, ni mucho menos, del buen hacer del gobierno de turno.
Porque lo peor del líder popular - sus cualidades ya las conocemos - es que se quiere presentar como el salvador de la patria, como el impulsor de una economía maltrecha, como el solucionador de los problemas de los cuatro años anteriores. Lo peor de Rajoy es que omite deliberadamente el olvido de Teruel durante los años de aznarismo, los abucheos a Aznar, la repulsa a su equipo de gobierno, las obras interminables e inacabadas, el olvido del medio rural, la galopante despoblación,... Por eso hace bien en prometer. Y en compromenterse. Porque tiene una deuda con la capital de los Amantes y con su propio partido. En el 2004 perdió un diputado por 210 votos. Y es preciso recuperarlo. Es más que un reto para Rajoy. Pero de ahí a basar su victoria a nivel nacional en este escaño y en uno de León - según confesó su flamante mano derecha económica - hay un gran abismo. Pero soñar es fácil, soñar es gratis y hacer crecer a esta niña en Teruel queda muy poético y hasta romántico.
De todos modos, se agradece que los líderes políticos se acuerden de este pequeño puñado de votantes, aunque sea a última hora y en horario de jubilados.

Hoy no ha sido un viernes cualquiera. Hacia las 13,30 horas, a poco más de 8 horas de dar por concluida la campaña electoral, tres tiros a traición de un insensato han dado al traste con el último día de quince jornadas llenas de esperanza, participación y compromiso para casi todos los partidos. Hoy ha sido un viernes gris, agridulce, teñido de sangre.
Por la mañana, mientras me dirigía en coche a mi trabajo, he contemplado en la zaragozana calle del Coso las furgonetas de uno de los partidos que concurren a las urnas. Estaban preparadas para recorrer Aragón, para tomar la palabra, para ejercer su derecho democrático, para hacerse oír. Pero, pocas horas después, el silencioso ruido de una pistola ha enmudecido las voces, ha roto lo que se prometía un final de campaña en armonía y en sana confrontación. ¡Qué fácil es dar al traste en unos segundos con la tarea de días, de meses o de años!
Hoy ha sido un viernes de clarooscuros, de luces y de sombras, de ilusión matinal y de tristeza vespertina. Algunos nos hemos acordado del jueves trágico del 2004, también en plena campaña. Y aunque ambos acontecimientos, afortunadamente, no tienen parangón, la resonancia puede ser similar. Por eso, la pregunta que muchos nos hacemos es la siguiente: ¿afectará esto a la decisión de los votantes el próximo domingo? Esperemos que no. Sería hacerle un flaco favor a la democracia.

En esta dilatada tarde de fin de semana, en esta tarde de silencio y reflexión, me he sumergido en la lectura de algunos poemas de Luis García Montero (Granada, 1958). Me siento identificado con algunos versos del poeta andaluz. El fluir casi coloquial de sus estrofas cala hondo en mi estado de ánimo y, en ocasiones, casi me puedo mirar en sus poemas como en un espejo.
Uno de los motivos de la poesía de Luis es el viaje. No sólo alude al viaje real, sino al viaje metafórico. He elegido el siguiente poema, porque me siento como un viajero solitario en el andén de la vida, dispuesto a emprender una nueva aventura. Una aventura difícil, de soledad, de incertidumbre, de libertad. Una aventura desde la ausencia. Una aventura a contratiempo, a contranoche, a contravida.
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
(HABITACIONES SEPARADAS, 1994)

Esta mañana me he levantado a la misma hora que un día laborable. Me han nombrado por "sorteo" como vocal suplente y me he acercado a las ocho a mi mesa electoral, situada en el colegio Santo Domingo de Silos, en el barrio zaragozano de Las Fuentes. Comenzaban en ese momento doce horas intensas, doce horas de incertidumbre, doce horas de desfile casi ininterrumpido de votantes a sus respectivos colegios electorales. Como ya estaba puntualmente la vocal titular, me he dado un paseo por el Casco Viejo zaragozano y he desayunado, antes de regresar a depositar mi voto, a las nueve y media de la mañana. Al filo de las ocho y media, los noctámbulos comenzaban a retirarse a descansar. Muchos de ellos habían decidido acudir a las urnas antes de conciliar el sueño. Los más madrugadores se tomaban un chocolate con churros entes de depositar su voto. Era el momento de los contrastes barojianos y de las visiones urbanas valleinclanescas. Las calles permanecían casi vacías, silenciosas, sólo invadidas por los primeros rayos de sol y alteradas por el sonido estridente de la sirena de una ambulancia.
Tengo da la impresión de que las mañanas de los domingos son muy parecidas en todas las ciudades y que casi todas las zonas antiguas tienen mucha similitud. Sólo los monumentos más representativos de cada urbe, la salvan de la monotonía, de una invasión de cosmopolitismo mal entendida. Porque cada vez quedan menos vestigios costumbristas, cada vez quedan menos huellas de lo local, de lo castizo. Lo pintoresco va perdiendo fuerza a costa de una uniformidad en todo: en edificios, en establecimientos, en centros comerciales, en el diseño de las grandes avenidas,... En Zaragoza, además de El Pilar y sus aledaños, quedan algunas torres de estilo mudéjar y algunos monumentos emblemáticos. Ya al filo de las nueve, contemplo la torre de la Magdalena, al final de la calle Mayor. Siempre me ha atraído su silueta esbelta, limpia, familiar.
Desde allí, me dirijo de nuevo hacia mi colegio electoral. Esta vez como votante. Voy solo, tranquilo, decidido a ejercer mi derecho como ciudadano. En el vestíbulo del colegio aumenta el bullicio. Los policías dialogan con los interventores. El presidente de la mesa introduce mis papeletas en las respectivas urnas. Me detengo un minuto antes de recoger mi carné de identidad y noto que me falta algo. Recuerdo que las papeletas de Nieves se han quedado en casa. Durante unos segundos me invade un amargo poso de nostalgia. Y regreso a casa con el peso de la ausencia.

Los lunes después de unas elecciones se convierten un poco en días de resaca. Son, además, jornadas de valoración y momentos de análisis y de autocrítica. Porque, después de la actividad febril de las últimas semanas, los líderes políticos encontrarán un paréntesis para el sosiego, la calma e incluso la meditación. Hay mucho que meditar. Y mucho que valorar. La prensa escrita ya se ha encargado de hacerlo nada más conocerse los primeros resultados fiables. La mayoría coinciden en el impulso al bipartidismo, en la pérdida de escaños de algunas pequeñas formaciones y en el descalabro de los partidos de izquierda. ¿Razones? Puede haber muchas y de muy distintos matices. Lo que está claro es que estamos siguiendo la estela de Estados Unidos y de otras naciones europeas.
Algunos articulistas hablan en sus valoraciones de la similitud entre el ámbito político y el deportivo. Almudena Grandes opina en su columna de El País que ahora es todo más simple que hace unas décadas, que se han perdido los matices ideológicos, que las campañas electorales se parecen cada vez más a la Liga de Fútbol, en la que suelen dominar claramente dos grandes equipos y los demás se convierten en comparsas, en meros sucedáneos. La escritora afirma con toda la razón del mundo que el bipartidismo empobrece la democracia. Podríamos preguntarnos en ocasiones por qué votamos a tal partido y para qué le votamos.
Se ha hablado mucho durante estos días del llamado voto útil. También se seguirá hablando del voto de castigo. Se podría decir que una parte considerable de ciudadanos no han votado a tal líder porque les haya convencido o porque sus ideas coincidan con sus aspiraciones. Lo han votado para evitar que triunfe el contrario. Esto mismo suele ocurrir en el ámbito deportivo. A veces animamos a un equipo no porque juegue muy bien o porque queremos que triunfe el espectáculo. Le animamos para que fracase el contrario, para que lo anule y, a ser posible, para que lo humille. Afortunadamente en el ámbito político no se explicita tanto este deseo de revancha o de humillación. Pero hay que reconocer que, en el fondo, hay un poso de resentimiento que muchos ciudadanos no pueden evitar. Luego se preguntarán si han acertado con su decisión. Y en ese momento llegarán los matices: ni todo es blanco, ni todo es negro. Existe el gris. Y en política este criterio es fundamental. Por eso será bueno que haya pactos, acuerdos,... Para que los grandes partidos no acaben de devorar a los pequeños. Para que el equilibrio no se rompa. Para que triunfe la tolerancia, la flexibilidad y el diálogo por encima de los radicalismos, fanatismos o las actitudes descalificadoras.

La riqueza del lenguaje no reside solamente en su carácter denotativo, realista, objetivo y preciso. En mi opinión, la riqueza de una lengua radica, sobre todo, en su valor connotativo; es decir, en el sentido figurado de muchas palabras y en su flexibilidad semántica. Por ello, podemos cambiar de registro, ejercitar la ironía o valorar de una manera distinta una circunstancia, comportamiento, suceso real o serie de ficción. No ocurre lo mismo cuando nos dejamos llevar por los tópicos o ahogamos la espontaneidad.
Hablando de series de ficción, no puedo dejar de referirme a la miniproducción de tres capítulos que estrenó anoche Televisión Española sobre el crimen de Fago, un año después de producirse el luctuoso suceso. El asesinato de Manuel Grima el 13 de enero de 2007, hace poco más de un año, ha despertado la atención de la empresa audiovisual Mundo Ficción y ha conseguido llegar a la pequeña pantalla en horario de máxima audiencia, a pesar de las reticencias de algunos jueces. Y es que los crímenes rurales siempre han sido un atractivo motivo para urdir series más o menos misteriosas - recordemos entre otros muchos la tragedia de Puerto Hurraco o el famoso Crimen de Cuenca.
No pude ver en su totalidad la primera entrega de la serie, pero contemplé lo suficiente para hacer una serie de modestas consideraciones: la presentación audiovisual de este crimen me pareció un producto acartonado - según el diccionario de la Real Academia, que carece de vitalidad y espontaneidad -. Además, ralentiza mucho los tiempos, abusa del suspense y, en mi opinión, se aleja demasiado de la cruda, triste y sórdida realidad de aquel infausto 13 de enero. ¿Cuál puede ser el motivo? Creo que a esta serie le falta la distancia del tiempo y la frescura ambiental. Un año es demasiado poco para presentar unos hechos de los que aún no se ha demostrado todavía quién o quiénes fueron los culpables. En lo que respecta al marco ambiental, los que conocemos Fago y esa zona arcádica del Pirineo Aragonés ( ya escribí aquí sobre este tema el 19 de enero de 2007) echamos de menos su paisaje, sus veredas, sus ríos, su clima, su panorámica,... No conozco la localidad madrileña de El Berrueco pero, por mucha similitud que exista, no tiene nada que ver con este rincón de la provincia de Huesca.
Sé que la serie interesó a muchos españoles y, especialmente, a teleespectadores aragoneses. Lo que habría que conocer es cuáles fueron los motivos de su interés, si el morbo o la atracción de la tragedia. Espero que muchos opinen lo contrario y valoren su calidad. Para mí sigue siendo algo acartonado, artificial y falto de frescura. Y para ello hay que dejar que pasen unos años. O unas décadas. Y si no que se lo pregunten a grandes novelistas como a Ramón J. Sender, natural de Alcolea de Cinca, no lejos de la localidad de Fago.

El poeta granadino Luis García Montero (Granada, 1958) acaba de publicar en la colección Palabra de Honor de la editorial Visor su último poemario. Su título, Vista cansada, es coloquial, como gran parte de su poesía. El poeta andaluz hablaba de esta última publicación con el crítico Juan Cruz en el suplemento literario Babelia del pasado sábado. García Montero, que en diciembre cumplirá cincuenta años, afirma entre otras cosas que el libro es como una autobiografía poética. Confiesa que el título se lo sugirió el oftalmólogo y que, al llegar al umbral de los cincuenta, "ya no sólo se puede hablar del paso del tiempo, sino del paso de la historia". Porque - afirma después - "cuando uno llega a los cincuenta, hay un abismo y sobre todo se percibe la honradez de perder la ingenuidad".
Vista cansada es una invitación sigilosa al optimismo. En sus poemas - comenta José Carlos Mainer - hay un homenaje implícito a Francisco Ayala, Jaime Gil de Biedma, Rafael Alberti, Ángel González o al propio Antonio Machado. Porque García Montero evoca con nostalgia el pasado, es consciente del heraclitiano paso del tiempo y contempla el mundo desde una cúspide privilegiada: la memoria personal y el latido histórico. "Pero la memoria - afirma - no puede convertirse en la cárcel de la nostalgia". El escritor granadino - que compagina esta vocación con su labor de profesor de Literatura - manifiesta también una cierta sensación de cansancio en la sociedad y reivindica de nuevo la conciencia individual. Son muy significativas sus afirmaciones sobre los valores de la sociedad actual: "Mi punto de referencia es la Ilustración...Y no defendemos valores democráticos que son fundamentales". "Un poeta tiene que mantener una conciencia vigilante para impedir la degradación de la democracia". Espigo estas reflexiones entre otras muchas porque afectan directamente al latido de la actualidad.
No tengo todavía este último poemario, pero quiero plasmar, como aperitivo, uno de los poemas de Vista cansada. Como veréis, no tiene desperdicio.
Memoria de la felicidad (Playa de Rota)

Hay momentos en la vida que quedan reservados para el recuerdo. Hay días que quedan atrapados por el señuelo agridulce de la memoria. Entonces uno comienza a desempolvar viejas fotografías en blanco y negro. Y la memoria se tiñe de inevitables y nostálgicos claroscuros.
Hoy he añadido una foto más a las que ya tengo en las baldas del salón. Es una fotografía en color, que contrasta con las del álbum familiar, casi todas en blanco y negro, con ese poso amarillo que va dejando el imparable paso del tiempo. Es una fotografía dulce, evocadora, vital.
José Antonio Labordeta está preparando un libro de poemas que se titulará Libro de familia. El poeta y cantautor aragonés evoca en unos poemas que anticipa en el revista Rolde los años de su infancia, el ambiente familiar, el latido del tiempo, la melancolía, la nostalgia, el desencanto. De, entre estos poemas, rescato uno con el que me identifico en estos momentos:
Aquella foto dulce
que mis padres guardaban
en el desgastado Libro de Familia
va perdiendo la luz
y con los años
quedamos sólo
mi hermano chico y yo.
El resto, como sombras,
intentan sonreír en la lejana
magnitud de la distancia
y con dudas y versos desolados
intento que me vengan. Me acompañen.
Tan sólo la amarillenta luz
del rostro de mi madre
me refleja la dulce y entrañable
distancia de mi infancia.

Hay circunstancias en la vida que invitan a refugiarse en lo más íntimo, a bucear en las raíces de uno mismo, a reclamar la confidencia, el desahogo, la sinceridad a flor de piel. Poco antes de que naciera mi hijo Javier - en frebrero de 1995 - comencé a escribirle cariñosas cartas, nacidas desde dentro y teñidas de ternura. Algún día las leerá y las podrá valorar. Ahora, dos meses y medio después de la ausencia de Nieves, le escribo frecuentes cartas desde la soledad, el recuerdo y la cada vez más nítida memoria.
La carta siempre ha sido un recurso literario que se alimenta de intimismo, de estética y de sinceridad. Desde las primeras creaciones literarias hasta las más recientes, la carta ha reclamado un lugar privilegiado como un subgénero cercano al realismo y no exento de idealizaciones y utopías. Hoy mismo aparece en la prensa la noticia de la publicación de una carta que el escritor Francisco Umbral - fallecido en agosto de 2007 - dirigió a su esposa María España. El escritor y académico Pere Gimferrer, autor del prólogo, afirma que "el tema del que trata no es el del amor ni el de la vida en pareja; lo que aquí se ventila es el paso del tiempo, lo que va quedando de un hombre cuando vislumbra que lo que le queda por vivir es menos que lo que ha vivido".
Un escritor más joven, Carlos Castán, publica en su antología de relatos Museo de la soledad una carta de un personaje - a quien llama su hermano - a Laura, su amor ausente. Con una prosa poética y profunda, el autor plasma con estas palabras los sentimientos que genera el recuerdo y que alimenta la soledad:
Muchas veces, querida Laura, he sentido este mismo dolor en la garganta al regresar a casa tarde, con los zapatos mojados como ahora, y respirar el silencio amargo de las habitaciones. Tantas veces antes he tenido la certeza, como hoy, de romper a llorar en cualquier momento, de pie, con la frente apoyada en el cristal de la ventana, la taza de café frío en la mano y mirando la noche salpicada de ventanas encendidas.
Muchas veces he querido escribirte una carta parecida a ésta, contarte cómo duelen los besos de los demás y las parejas que caminan enlazadas, lo húmedo que ha llegado este invierno o cómo creí ver tu cara avanzando hacia mí entre un mar de paraguas y otra vez como siempre no eras tú; decirte lo cansado que me siento, la pereza que me da la palabra "futuro" y que tuve que volver el rostro para no ver el portal donde tantas veces nos despedimos en la madrugada, fumando ese último cigarro que nos resistíamos a apagar hasta que nos quemaba los labios. Y hablarte de eso, de cómo la ciudad entera a cada paso hurga en el centro de mi herida, las fachadas de los cines, los callejones, los bares donde fuimos felices aunque entonces no lo pareciera, cada lugar que nos vio pasar de la mano y, sobre todo, cada sitio donde recuerdo haberte hecho llorar. (Fragmento de "Muchas veces, querida Laura")

Ahora que llegan las minivacaciones de Semana Santa, muchas familias se plantean si abandonar por unos días su lugar habitual de residencia o quedarse en el pueblo o en la ciudad donde residen. Este año las fechas parecen un poco a contrapelo, algo atípicas. La Semana Santa cae un mes antes de lo normal y comienza todavía en invierno - aunque las temperaturas sean bastante benignas. Por eso, los que tienen la suerte de disfrutar de una semana libre se plantean como alternativa a la playa o a disfrutar del deporte del esquí, la estancia en una casa de turismo rural o en un albergue.
Y es precisamente en estos meses de preprimavera cuando la demanda de reservas en casas rurales se dispara. Las razones pueden ser diversas e incluso dispares: la orilla del mar todavía no apetece demasiado, el deporte de la nieve está muy saturado y no es asequible para todos los bolsillos y quedarse en casa tampoco tiene mucho aliciente. Mucha gente se inclina, por tanto, hacia breves estancias en un entorno natural tranquilo, alejados de aglomeraciones - se puede comprobar estos días en Valencia - y disfrutando además de paisajes pintorescos. Un ejemplo claro es el valle cacereño del Jerte, inundado de miles de cerezos en flor. Pero hay otros lugares por descubrir: la sierra onubense de Aracena, el interior de Galicia, la zona norte de León, todo el principado de Asturias y, obviamente, algunos rincones de Aragón desconocidos hasta por los propios nativos.
Otro tipo de turismo de Semana Santa es el de las procesiones. El reclamo de las ciudades andaluzas - especialmente de Sevilla - es evidente. Pero la masificación puede ser para algunos un factor disuasorio. En algunas ciudades de Castilla y León - sobre todo Zamora y Valladolid - la Semana Santa tiene un carácter más serio que en el sur de España. Es otra manera muy distinta de vivir la religiosidad. Ambas son válidas e incluso discutibles. No podemos olvidar, lógicamente, cómo se vive esta semana en el Bajo Aragón. Las nueve localidades turolenses que forman la Ruta del Tambor y el Bombo atraen a cientos de visitantes. Calanda se lleva la palma, quizás por el peso de la figura de Buñuel, pero personalmente me quedaría con las procesiones de Alcañiz y con la subida al Calvario de Alcorisa. De todos modos, si alguno no va a salir de Zaragoza, hay reclamos turísticos que sus habitantes no acabamos de valorar. Las procesiones son uno de ellos: la del Domingo de Ramos, la del Encuentro y la del Santo Entierro son las más representativas. Y no tienen nada que envidiar a las de otras ciudades españolas.

Hace poco más de medio año, me desplacé con mi familia desde Aliaga (Teruel) hasta Massalavés (Valencia). Debido a lo temprano del día y a la fecha - un domingo del mes de agosto - no me detuve a repostar en mi pueblo confiando en encontrar una gasolinera abierta durante el tramo relativamente breve entre Aliaga y Teruel - unos sesenta y cinco kilómetros. Pero no fue así. Ni en Perales de Alframbra, ni en la propia Alfambra pude repostar. Las gasolineras de estas dos pequeñas localidades turolenses estaban cerradas a cal y canto. Menos mal que con la reserva del depósito llegué hasta la capital de los Amantes. Allí pude llenar el depósito. Eso sí, desviándome unos diez kilómetros de mi ruta habitual.
Esto mismo les puede ocurrir a los que se aventuren a viajar desde Zaragoza a Teruel - o viceversa - con el depósito medio lleno. Si quieren repostar a pie de ruta, no lo van a poder hacer. ¿Qué ocurre? Que en la recién inaugurada Autovía Mudéjar (A-23) no hay ni una sola estación de servicio. Si el conductor quiere llenar el depósito, tendrá que abandonar la autovía y recorrer entre diez y treinta kilómetros para cargar combustible. Eso lo podrá hacer en Cariñena, Daroca, Calamocha o Santa Eulalia del Campo entre otras localidades. Los entendidos opinan que, dado el retraso de las obras y debido a la incertidumbre sobre la fecha de inauguración de los distintos tramos, nadie se ha atrevido a apostar por una nueva estación o área de servicio. ¡Qué lastima!
Me pregunto si esto habrá ocurrido en los tramos de autovía de Cataluña, de Valencia o de otras comunidades. En los dos primeros casos tengo que decir que no. Las estaciones de servicio se licitaron y se instalaron casi al mismo tiempo o poco después de la inauguración de las autovías. Lo compruebo cuando viajo a Valencia o a Cataluña. Pero en Aragón y, sobre todo en Teruel, parece que somos diferentes. Es la típica imagen del pez que se muerde la cola. Y ya llueve sobre mojado. La iniciativa privada llega con cuentagotas porque somos pocos habitantes y no deben ver muy clara la rentabilidad. Y los presupuestos del Estado tampoco son demasiado generosos para esta comunidad - con excepción de la Expo - y para esta provincia. Lo peor de todo es que la mentalidad es muy difícil de cambiar y la escasez de servicios no es, ni mucho menos, algo nuevo. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las personas que soportan invierno tras invierno en las aisladas sierras del Maestrazgo o en la comarca de las Cuencas Mineras.

La primavera parece querer anticiparse en este valle turolense. La tarde es plácida, serena, adolescente. Sopla una pequeña brisa a la orilla del río La Val, que murmura humildemente antes de confluir con el río Miravete y emprender juntos la aventura del Guadalope hasta las aguas del Ebro en Caspe. Tarde de poda en Aliaga. Estos días de asueto nos permiten compaginar el descanso con esta actividad casi lúdica pero exigente. Me sujeto a una de las ramas con un arnés y, hacha en mano, comienzo a eliminar aquellas ramas que no van a llegar a nada. Caen al suelo sosegadas, rendidas. Nadie las recogerá, como se hacía antaño. Antes se rebuscaban hasta las más pequeñas para alimento de nuestras estufas en invierno.
De frente contemplo el barrio de Santa Bárbara, casi deshabitado en estos meses invernales. El río - más bien aprendiz de río - alegra el paisaje amarronado y surca de lado a lado las casas bajas de lo que fue un barrio minero bullidor durante los años cincuenta y sesenta. A mi espalda, el castillo semiderruido. Es la cara más oculta de esta fortaleza que jugó un papel importante durante las guerras carlistas. Después se fue desmoronando. ¿Llegarán tiempos mejores de restauración?
Desde lo alto del chopo - carcomido por dentro como el olmo machadiano - contemplo la tarde serena y reflexiono sobre el paso del tiempo. En estos pueblos parece que el tiempo se ralentiza, que las horas se multiplican por dos. Algún coche surca veloz la vecina carretera en dirección a Teruel o a Zaragoza. Poco más abajo, un agricultor prepara con mimo la tierra para la próxima siembra. De vez en cuando dirige la mirada hacia el cielo. La lluvia no acaba de llegar a estos valles. Casi no ha llovido nada desde la pasada primavera. Y las fuentes lo notan, los ríos lo sufren y el monte muestra, de momento, su cara más triste. Sólo el verdor de una pequeña pineda da una nota de vida al paisaje. Porque la primavera llegará algo más tarde, como la de Soria en los poemas de Machado. Todavía vendrán algunas heladas. ¿Volverá, por fin, la tan ansiada lluvia?

Cuando regreso a Aliaga, mi pueblo natal, se mezclan en mi interior una serie de sensaciones aparentemente contradictorias. El silencio y la soledad del entorno alimentan la melancolía y devuelven mi mente hacia épocas pasadas. Sólo el paisaje permanece, alterado por el inevitable paso del tiempo y por los discutibles avances de la civilización. La memoria y el recuerdo bucean en escenas del pasado, en tardes primaverales, en noches rotundas estivales, en inviernos preñados de crudeza.
Mientras observo este paisaje tan mío, totalmente memorizado e interiorizado, vienen a mi mente algunos versos del poeta palentino Joaquín Galán - cercanos en ocasiones al gran poeta Claudio Rodríguez o al narrador Julio LLamazares. Este poeta castellano residente en Barcelona - nacido en Villarrubias a principios de la década de los cuarenta - encarna la fidelidad al origen, el regreso a las raíces. En su cuarto libro de poemas El aire original, culmina un camino poético hecho de búsqueda y de paradoja, de accidentes existenciales y de enriquecedoras experiencias. En algunas estrofas de este libro plasma ese latido sosegado de un mundo rural cargado de originales sensaciones y de un inusual colorido:
Cruzan por la mirada los arados abriendo
hazas leves que suben, musicales, la cuesta,
sordas aves, apenas tangibles por el miedo. (...)
Desde este ventanuco
casi podría acariciarse la sucesión grisácea de los cerros,
el suave ungüento del atardecer. (...)
Si miras, el silencio
del mundo se hace un bloque calcáreo, tus manos
pestañean y buscan, cuando ya el campo todo
es una luna roja relinchando en las cuadras.

Cinco años después de la invasión de Irak, cinco años después del inicio de la tragedia, cinco años después de esta guerra inacabable... Y ahora, ¿qué? Esta es la pregunta que se hace el ciudadano de a pie cuando contempla día tras día imágenes escalofriantes de atentados suicidas indiscriminados a lo largo y ancho de la geografía de Irak. Esta es la pregunta que se hacen las personas con sentido común cuando llegan a sus oídos las cifras casi interminables de muertos y heridos en ese escenario de la sinrazón y del sinsentido
Pero lo peor de todo es que, dos de los líderes mundiales que tomaron la decisión de derrocar a Sadam Husein en aquel fatídico 20 de marzo de 2003, aún defienden su postura e intentan convencer a la mayoría de los habitantes del planeta de que su decisión fue la más acertada y de que, a fecha de hoy, no es arrepienten en absoluto de lo que hicieron.
George Bush, el actual presidente de los Estados Unidos, acaba de afirmar: "La guerra de Irak es justa, noble y necesaria". (¿Con 4.000 soldados americanos sacrificados?). José María Aznar, expresidente del gobierno español y uno de los tres de las Azores ha declarado abiertamente: "La situación en Irak es muy buena". (¿Con 80.000 víctimas inocentes?)
Después de leer estas declaraciones, uno no sabe si tomárselo a broma, si interpretarlo en tono de parodia o si situarlo en el registro del cinismo. Parece mentira que estos señores no tengan un ápice de autocrítica. Parece mentira que no rectifiquen ni un milímetro. ¿Se creerán dioses? ¿O superhombres? No lo sé. A veces la realidad supera a la ficción y la ironía está por encima del sentido común.

En los campos de la comarca de la Ribera Alta valenciana ha llegado con fuerza la primavera. La mañana fresca y apacible cede el paso a un sol casi insolente, que actúa como barniz en las hojas verdeoscuras de los naranjos. Humilde, recatada y efímera brota la flor de azahar, con su tono blanco inconfundible y con su aroma de miel.
Recuerdo fugazmente al escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) que situó Entre naranjos, una de sus novelas costumbristas con ciertos ecos de naturalismo, en un campo cercano a la capital del Turia. El lirismo se entrecruza con la tragedia en esta novela. Sin ser de las mejores obras del polifacético escritor, es quizás una de las más conocidas, junto con La barraca o Cañas y Barro.
La primavera vista de gala los campos de naranjos. El aire suave de levante balancea las hojas de los árboles recién podados. Unas gaviotas buscan algo de comer entre el laberinto geométrico de árboles. Ni un murmullo, ni un sururro en esta mañana soleada de Viernes Santo. La tierra respira humedad después de las generosas lluvias del último otoño. Dentro de pocos días, la flor de azahar se abrirá y de su seno surgirá un pequeño fruto verdoso. Será el inicio de un nuevo ciclo vital. Un nuevo milagro de la naturaleza que durará hasta bien entrado el otoño. Mientras tanto, la efímera flor blanca se exhibe presumida desde las primeras luces del alba, en esta temprana primavera, cerca del Mediterráneo.

En el camino de regreso desde Valencia a Zaragoza, decidimos dejar de lado la autovía mudéjar a la altura de Teruel y acercarnos a la comarca de las Cuencas Mineras para contemplar un paisaje aparentemente desolado pero muy entrañable para los que hemos nacido en esta zona.
Al llegar a la altura de Mezquita de Jarque, Javier hace una foto en blanco y negro mientras descendemos el puerto del Esquinazo, levemente tapizado por la nieve. La instantánea me recuerda los años sesenta, la década de mi infancia. Tenía la misma edad que tiene ahora Javier, pero contemplaba el paisaje de otra manera. Mezquita estaba lejos de Aliaga. Era un cruce de caminos. En este pueblo turolense de poco más de un centenar de habitantes se detenía el coche de línea que unía Teruel con Reus y, más tarde, Teruel con Barcelona. Mezquita sigue ahí, impasible. Parece que el paso del tiempo no ha alterado demasiado su inconfundible silueta. Todavía se agrupa su caserío entre la iglesia de San Lorenzo y la ermita de Santa Rosa. La localidad, ubicada entre dos lomas de ligera pendiente, está surcada por el casi recién nacido río de La Val y rodeada de extensos campos de cereal. Su población se está manteniendo, aunque el impulso agrario e industrial está todavía por despegar.
Dejamos atrás Mezquita, rodeada de un pequeño manto de nieve. Ahora no nieva como antes - le comento a Javier, que contempla ilusionado la panorámica blanquiverde. Ahora hay mejores comunicaciones. Aunque, paradójicamente, estas vías más rápidas parecen invitar a la gente a acercarse a los pueblos sólo fugazmente. Y es que el invierno es muy crudo en esta zona. Y hoy ha hecho un día verdaderamente invernal. Dejamos atrás Mezquita y nos encaminamos hacia el alto de San Just. A la izquierda, Valdeconejos y, un poco antes, una estación de ferrocarril abandonada desde hace casi un siglo. Un nuevo monumento a la soledad.

Esta tarde me he detenido durante unos minutos en la lectura minuciosa de la sección de Heraldo de Aragón dedicada a la cada vez más cruenta e injustificada guerra de Irak. En esta página, Gervasio Sánchez - famoso reportero cordobés afincado en Zaragoza - elabora hora tras hora un diario de lo que está sucediendo en las entrañas de Bagdad. En Cartas desde Bagdad el periodista español pone a los lectores en contacto con una realidad cruel. Su único comentario esperanzador es que en las zonas donde no está presente el ejército estadounidense se está pasando pauatinamente del terror a la normalidad. Por algo será, señor Bush.
Plasmo un fragmento del diario de Gervasio, redactado el domingo, 23 de marzo de 2008 - cinco años después del inicio de la guerra - a las 14 horas en Irak:
"La mañana está siendo especialmente violenta en la capital. Varios francotiradores que se desplazaban en tres coches han disparado a los transeúntes en dos concurridas calles de la capital y han matado a siete personas. Otras cinco personas han muerto en otra zona alcanzadas por la carga de proyectiles de morteros.
Otras informaciones hablan de un bombardeo de aviones estadounidenses contra el pueblo de Balad Ruz, al norte de Bagdad, que ha acabado con la vida de una docena de niños y mujeres. En otro incidente en Mosul, al norte del país, trece policías han muerto y unos treinta han resultado heridos cuando un automóvil cargado de explosivos se ha empotrado contra una comisaría".
Gervasio Sánchez ha vuelto a Irak para transmitirnos de nuevo la cara oculta del terror. No sé si los mandatarios estadounidenses se leerán algún fragmento de este diario de guerra. De momento, ya han rebasado la cifra de cuatro mil soldados muertos. ¿Hasta cuándo? Mientras tanto, los habitantes de Bagdad ya están cansados de tanta guerra. Pero la estela del terror no se detiene. Y, lo peor de todo, es que algunos confiesan que no tienen más remedio que acostumbrarse a convivir con el sobresalto cotidiano, con la sangría continua, con la agresión indiscriminada. Gervasio acaba su comentario hablando de que el único milagro posible en Irak es un mejor trato a la población y una ausencia total de fuerzas ocupantes. La realidad de los hechos es clara, contundente. Sin embargo, los que apoyan la gestión nefasta de Bush se tapan los oídos y los ojos ante esta verdad a gritos. Quizás estén en otra órbita. O tal vez sus intereses vayan por otros derroteros muy distintos al de la búsqueda de la paz.

Javier ha iniciado hoy una nueva experiencia académica y personal. Se ha desplazado con treinta y siete alumnos más de primero y segundo de secundaria del instituto Pablo Serrano de Zaragoza a la ciudad Francesa de Nay. Esta hermosa localidad está situada entre Pau, Tarbes y Lourdes. El lema de los lugareños es el siguiente: "el campo levanta a las montañas". Y es que el enclave privilegiado en el que se encuentra merece una visita turística y cultural.
Los alumnos de la sección bilingüe de francés del Pablo Serrano van a tener la oportunidad de iniciarse en el francés hablado, de perfeccionar su expresión y, sobre todo, de conocer otra cultura, otra idiosincrasia, otras costumbres y otra manera de pensar. Puede ser una experiencia muy positiva siempre que se complemente posteriormente y se continúe esta interrelación entre alumnos de la misma edad.
Van a ser cinco días intensos: visitas culturales, asistencia a algunas clases, estancia en familia, fiesta de despedida,... Son varios los institutos de Aragón que están potenciando estos intercambios, tanto en francés como en inglés o alemán. Lo deseable es que luego ese idioma se siga practicando en España. Hoy día hay muchos más medios que hace veinte o treinta años para aprender o perfeccionar una lengua. Eso sí, lo fundamental es sentar las bases cuanto antes mejor. Y en el Pablo Serrano van por el buen camino.

Año tras año, cuando llegan estas fechas de Semana Santa y Pascua, se reabre la polémica sobre las vacaciones escolares que corresponderían al final del segundo trimestre o de la segunda evaluación. A nadie se le oculta que este año la Semana Santa ha coincidido en fechas claramente inoportunas y, debido al capricho del calendario eclesial y a otros intereses económicos y sociales, hemos vivido unos días de asueto a destiempo. Esto en nada ha favorecido la programación didáctica de los centros escolares y una distribución racional de los días lectivos. A nadie se le oculta que, a fecha de hoy - 26 de marzo -, casi todos los años nos encontrábamos terminando el segundo trimestre y valorando las notas de la segunda evaluación. Pero la administración educativa optó, hace cuatro años, por un decisión aparentemente salomónica, que no ha contentado ni a los padres ni a los docentes. Se da incluso la paradoja de que las vacaciones de la Universidad no coinciden con las de los colegios e institutos. ¿Qué ocurre en las familias que tienen hijos estudiando en ambos niveles educativos? Nos lo podemos imaginar...
Lo curioso del asunto es que, después de adaptar las vacaciones de Semana Santa a las del resto de los trabajadores, con evidente perjuicio a los intereses de los docentes, algunos padres todavía se quejan. Les gustaría que los centros educativos sólo cerraran del Jueves Santo al Domingo de Pascua. Es decir, consiguieron cambiar estas fechas y aún quieren más. No se dan cuenta de la necesidad de estos periodos vacacionales para sus hijos y anteponen sus intereses al de los propios alumnos. Es verdad que no es fácil conciliar la vida laboral con la familiar. Pero, ¿saben que muchos trabajadores tienen las mismas vacaciones o más que los docentes en Navidad o en Semana Santa? Sorprende que un medio de comunicación regional haga una encuesta al respecto. La respuesta es evidente: menos vacaciones para los estudiantes. ¡Qué fácil es ver los toros desde la barrera¡ ¡Qué sencillo es opinar desde fuera, sin conocer con detalle la verdadera situación!
Y uno se pregunta, ¿no sería mejor dejar la Semana Santa como un simple puente - igual que el puente de la Inmaculada - y fijar el calendario de finales de cada trimestre independientemente de unas fechas cambiantes año tras año? Pero, ya se sabe, lo mejor es casi siempre enemigo de lo bueno. La planificación pedagógica choca con la dura realidad. Los intereses de unos y de otros seguirían claramente enfrentados. Por lo tanto, nos quedaremos como estamos. Y las quejas seguirán año tras año. Hasta que llegue el verano y se inicie una nueva polémica. A muchos les gustaría que sólo se descansara en agosto. Pero eso es harina de otro costal.

Hace tiempo que la paradoja dejó de ser solamente un recurso literario barroco y se incorporó al lenguaje cotidiano. Todos los días somos testigos de numerosas paradojas, de nítidas contradicciones. La vida misma es - se mire por donde se mire - un manojo de paradojas. Una de las más recientes la estamos viviendo con el tema del agua, a sólo dos meses y medio de la inauguración de la Expo. Cuando visité las obras del meandro de Ranillas, hace aproximadamente un mes, los comentarios más frecuentes eran que las obras no llevaban más retraso del que llevan porque el tiempo había sido benévolo. Los que afirmaban esto, no se acordaban de que quedaba una larga primavera, época más lluviosa por estos pagos. Y, al parecer, los pronósticos se están cumpliendo. Sin embargo, resulta paradójico comprobar que, mientras muchos de las cabeceras de los ríos del Pirineo aragonés están bajo mínimos, en la ribera alta del Ebro están comenzando a inundarse algunos campos y se están abriendo compuertas en algunos embalses navarros. Está claro que nunca llueve a gusto de todos.
No quiero ser agorero, pero me sorprende el mensaje de Roque Gistau, presidente de Expoagua, cuando habla de que la crecida de esta noche es menor y cuando espera que, si todo discurre racionalmente, las obras de la Expo de Zaragoza 2008 no se vean alteradas en lo esencial. Es muy optimista Gistau y espero que no se equivoque. Pero debería recordar que las grandes avenidas podrían estar todavía por llegar - algún año han sucedido en mayo -. Debería darse cuenta de que el deshielo no ha llegado todavía al Pirineo y de que los pronósticos hablan de más lluvia y de más nieve. ¿Estaba esto previsto? Dicen que sí. Pero la inquietud está ahí, aunque los medios de comunicación intenten quitarle hierro al asunto.
Desde mi galería en el zaragozano barrio de Las Fuentes, puedo contemplar el caudal del Ebro. En pocos días se ha multiplicado por veinte la cantidad de agua. Es de esperar que no vaya directamente al mar y que en Caspe o Mequinenza sea adecuadamente aprovechada. Cada metro cúbico despilfarrado será mirado de reojo por catalanes o valencianos. Ahora se habla también de trasvasar el Segre - uno de las mayores afluentes del Ebro - al Llobregat. En Barcelona también tienen sed. Y en Cataluña hay muchos más votos que en Aragón. La paradoja está servida. Los que se oponían a un trasvase, reclaman otro. ¿Han cambiado de opinión? Habrá que esperar a que avance la primavera. De momento, las aguas bajan revueltas en el tema del agua. Esperemos que no rebasen la barrera de lo razonable. Al menos, hasta que se clausure la Expo.

Tengo entre mis manos el tercer libro de la escritora aragonesa Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962). Después de el éxito editorial y de la buena acogida por parte de los lectores de sus dos primeras colecciones de relatos - La novia parapente y Dirección noche -, la escritora y periodista oscense ha dado un salto cualitativo y nos ha sorprendido a los amantes de la buena literatura con su novela Naturaleza infiel (RBA, Barcelona, 2008). En casi ciento cincuenta páginas, Cristina plasma una historia de ficción plagada de lirismo, humor y ternura. Demuestra además, un estilo y un talento fuera de lo común.
Ayer por la tarde se presentó la novela en Zaragoza - Librería Los portadores de sueños - y hoy he podido leer alguno de sus capítulos. Estuvieron presentes en el acto numerosos escritores, amigos y familiares de la autora. Le acompañaron en la presentación, además del representante de la edirorial, la diseñadora y amiga de Cristina, Ana Bendicho, y el crítico, periodista y novelista Antón Castro. Fue un acto emotivo, intenso y cargado de ecos literarios. Ana habló del diseño de la portada - para la que utilizó una original fotografía del padre de Cristina - y Antón analizó la novela con su peculiar perspicacia y agudeza.
"Hilo de seda" es el título del último capítulo de la obra. En él la autora sintetiza su peculiar manera de ver la vida y pone en boca de la madre de la protagonista la visión optimista de la existencia, a pesar de la cara oculta de la tragedia. La vida pende con frecuencia de un casi inapreciable hilo de seda, que marca la débil frontera entre el optimismo y la angustia, entre la esperanza y la desolación. Transcribo un breve fragmento del final de la novela:
"Hay gente que nunca t