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LOS GIRASOLES CIEGOS

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    "Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido". Así comienza la cita de Carlos Piera, que sirve de antesala reflexiva a las cuatro historias entrelazadas - o cuatro derrotas - que conforman el único libro del madrileño Alberto Méndez (1941-2004). Los girasoles ciegos ya tuvo éxito desde su primera edición en el año 2004. Pero ha sido una excelente versión cinematográfica, dirigida por José Luis Cuerda, la que ha relanzado esta mirada retrospectiva a la época más oscura de la posguerra - desde 1939 hasta 1942 - como un aldabonazo inteligente a la memoria colectiva.

     Acabo de releer estas páginas redactadas con sencillez, con realismo y con una cuidada composición literaria. De entre las cuatro historias, me quedo con la última, la que da título al pequeño volumen. En la confesión escrita del diácono protagonista habla que está desorientado como los girasoles ciegos. Son páginas que reflejan como en un espejo cóncavo la crudeza de las situaciones, los contrastes ambientales, la sutil capa de la hipocresía social, la oscura sombra del terror, la eterna amenza de la muerte.

      Para abrir boca y despertar la curiosidad de aquellos lectores interesados - hayan visto o no la película - plasmo un fragmento de las palabras que evoca el niño coprotagonista. Estas líneas dibujan el perfil inconfundible de un país sepultado en el silencio, de una España de represión, marchas militares y ruido de sables. Son ecos intrahistóricos que se prolongarían tres décadas más:

     "Una de las cosas que más me sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello.

     En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres".

      Los que vivimos la infancia en los años sesenta, todavía recordamos la fisonomía de la escuela rural de la época, las efigies de los "vencedores", el clima de silencio y la glorificación de todas las hazañas de esa guerra "incivil". La celebración de los "Veinticinco años de paz", en 1964 fue un hito glorioso que siempre quedará en mi memoria. Eso sí, hace tiempo que ha sido desmitificado por los hechos y vivencias posteriores.

 

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