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CARRETERAS SECUNDARIAS

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     Me gusta circular por carreteras secundarias - parafraseando la excelente novela de Ignacio Martínez de Pisón -. Me encanta alejarme de vez en cuando de la monotonía de las autovías y de la impersonalidad de los trenes de alta velocidad para sumergirme en un oasis de curvas, de pequeñas pendientes, de inesperados cambios de rasante y de rutas sinuosas que se perfilan en el horizonte como silenciosas aventuras.

    Esta tarde plácida de finales de enero, mientras regresaba de Madrid a Zaragoza, he decidido abandonar la autovía a la altura del famoso kilómetro 103 para acercarme a esa encantadora ciudad medieval que es Sigüenza. Las austeras encinas castellanas orlaban una carretera solitaria, acogedora, rural. Los veinte kilómetros que separan la antigua carretera general de la ciudad del Doncel han sido sólo el aperitivo de lo que vendría después. Tras una breve visita a la parte más monumental de la ciudad alcarreña, he decidido tomar la ruta que conduce hacia Medinaceli. Y lo he hecho por dos motivos: para recordar los seis meses vividos en la residencia marista durante el otoño-invierno de 1971 y para volver a evocar el pulso sereno de un paisaje con el que me he identificado inmediatamente, de unos pueblos - casi aldeas - que se quedaron grabados para siempre en mi memoria. He contemplado el Otero, vestido de verde y orlado de pequeños pinos. He observado la silueta inconfundible de la llamada Huerta del Obispo. He adivinado el humilde cauce del río Henares, libre todavía de la contaminación. He disfrutado con la contemplación de Alcuneza, de Horna, de Ambrona y de Torralba. Sólo la presencia de un ruidoso rebaño rompía el hechizo de una tarde invernal casi eterna, incandescente.

     Cuando uno viaja sin prisa, cuando uno se desplaza sin los agobios del reloj, cuando uno se deja llevar por el aliento del paisaje y por el hechizo de la soledad, valora más el contraste con el bullicio de la gran ciudad, con el hormigueo de un Madrid variopinto, tumultuoso, con la agitación interminable de los habitantes de la capital. 

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