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UNA NOCHE MÁGICA

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     Hoy se celebra en muchos pueblos y ciudades de España la tradicional noche de San Juan. Es una noche mágica, una noche que cautiva por su brevedad, por su significado iniciático y por su riqueza cultural y literaria.

     En Zaragoza la noche de San Juan pasará casi desapercibida - salvo en algunos barrios como el de Casablanca. En otros lugares, en cambio, llegará altiva y serena acompañada de signos naturales y de ritos ancestrales. Uno de los más extendidos es el de las hogueras, especiamente en Cataluña y zonas del Levante. Tiene una explicación cercana al poder purificador del fuego y al olvido de todo lo negativo e indeseable. Hay, sin embargo, otras tradiciones de las que guardo un mejor recuerdo. Me refiero a la que se celebra y mantiene en muchos pueblos de Aragón: la fiesta de los quintos y la plantada del mayo.

     En Aliaga, a pesar de que no hay prácticamente jóvenes que entran en quintas - algo que ha cambiado más con la desaparición del servicio militar obligatorio - se sigue manteniendo la tradición de plantar el mayo. Los mozos del pueblo bajan uno de los pinos más erguidos del monte, le colocan una capotade enebro o sabina y lo plantan en una de las principales plazas del pueblo. Allí permanecerá como testigo mudo y vigía natural durante todo el verano, hasta el final de las fiestas de septiembre, dedicadas a la Virgen de la Zarza. San Juan es uno de los patronos de Aliaga y su fiesta constituye el pórtico del verano, el anuncio de los meses más apacibles, más jaraneros, más intensos.

     Recuerdo algunas noches de San Juan en Aliaga. Me emocionaba contemplar la llegada del mayo, arrastrado por caballerías o en un remolque. Me daba cierta pena contemplar ese pino sacrificado y condenado a un futuro caduco como el olmo seco de Antonio Machado. En esta noche mágica, he contemplado un pino abatido en la calle Fray Luis Urbano, en el barrio de Las Fuentes. Me ha recordado el pino de Aliaga. Y me ha dado cierta pena comprobar su destino, fatalmente anunciado desde hace más de treinta años, después de soportar vejaciones de todo tipo al lado del asfalto. No sé cuál será su destino. Tal vez arda esta noche en una de las hogueras que se encenderán en las plazas de los barrios. Es el final agridulce de este árbol que aún huele a resina, a brisa fresca y a esperanza verde.

     En esta noche mágica, con el árbol como protagonista, no puedo dejar de lado el eco literario de los árboles. En este caso quiero plasmar un fragmento en prosa poética de Mahmud Darwix, el poeta árabe más determinante del siglo XX, recientemente fallecido. Sus palabras son mágicas, como esta noche preñada de recuerdos y emociones:

      "El árbol es hermano del árbol, o un buen vecino. El grande se inclina sobre el pequeño, y le da la sombra que le falta. El alto se inclina sobre el bajo, y le envía un pájaro que le acompañe de noche. No hay árbol que hurte el fruto de otro, o que se mofe de él si es estéril. Ningún árbol mata a otro ni imita al leñador. Cuando se hace barca, aprende a nadar. Si se hace puerta, día y noche es guardián de los secretos. Si se hace banco, no olvida que antes tuvo un cielo. Y cuando se hace mesa, enseña al poeta a no ser leñador. El árbol es absolución y vigilia. No duerme ni sueña. Vela por los secretos de los soñadores, día y noche en pie. En pie protegiendo a los transeúntes y al cielo. El árbol es oración vertical. Implora a lo alto. Y cuando se dobla un poco por la tormenta, lo hace con el empaque de una monja, la mirada en lo alto...en lo alto". (De La huella de la mariposa)

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