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NOVIEMBRE GRIS

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     Siempre he considerado noviembre como un mes frío, anodino, decadente. Al filo del crepúsculo, mientras se desvanece la luz natural y se van encendiendo las farolas de las calles adyacentes, contemplo desde mi ventana el gris rosáceo del cielo, que se confunde con el gris del cemento de los edificios y con el gris de los pocos árboles que luchan contra el asfalto, casi despojados de sus hojas verdeamarillas.

     Noviembre es un mes asociado inevitablemente al otoño, a este otoño tardío pero irreversible. Noviembre es un mes asociado a los difuntos, a los que nos dejaron, a los que permanecen en nuestra memoria a pesar del paso del tiempo. Esta estación nos remite a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, a los poemas casi decadentes de Juan Ramón Jiménez, a los viajeros románticos que se acercaron al monasterio de Veruela en el otoño de 1944.

     Estas tardes de sábado desapacibles invitan a la lectura reposada, a la reflexión, al sosiego. Tengo entre mis manos la última novela de la escritora y profesora Ana Alcolea, con la que comparto algunas inquietudes literarias. Se titula Bajo el león de San Marcos. Y es una novela de Venecia, como El retrato de Carlota. Mientras leo con fruición sus primeros capítulos, me sumerjo con la protagonista en ese otoño veneciano, evocador de tantas historias, vivencias y vicisitudes. No puedo evitar en esta tarde otoñal citar un pequeño párrafo de esta novela, la cuarta de la autora zaragozana:

     Me parece que el único principio al que me mantengo fiel es el de volver a Venecia. Vuelvo todos los años en noviembre. Me gusta la luz de otoño sobre los canales, las primeras nieblas que diluyen todavía más los palacios y las torres de las iglesias de la ciudad. Me gusta mirar a través de las ventanas, y la luz del día las oculta.Sólo por la noche se puede observar y adivinar toda la colección de vidas que aman, se acuestan y miran.

     Seguiré viajando por Venecia de la mano de la escritora protagonista de esta novela. Será un viaje virtual, metafórico, casi alegórico. Un viaje como la vida misma. Un viaje hacia el pasado y - ¿por qué no? - hacia un incierto e insospechado futuro. Un futuro agazapado debajo de los espejos, tan venecianos, tan carnavalescos.

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