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POR LA SIERRA DE ALBARRACÍN (2)

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      Nuestro recorrido de ayer por la Sierra de Albarracín culminó de la mejor manera posible: visitando esta ciudad medieval que, sin lugar a dudas, es una de las más pintorescas de España. Esta ciudad turolense, Monumento Nacional desde 1961, recibe al viajero con su silueta inconfundible, a orillas del río Guadalaviar y flanqueada por el imponente cinto de murallas que culminan en el castillo del Andador.

     Pasear por las calles empinadas de Albarracín, observar con detención cada rincón, cada casa, cada escudo, cada blasón, cada reja, cada visillo, cada llamador, es recrearse con el arte medieval en su estado más puro. Porque en Albarracín reina el color rojizo, ese ocre del yeso que, en contraste con el amarronado de la madera, colma los sentidos por su originalidad y sencillez. Porque Albarracín, aunque tiene sus  principales atractivos monumentales - La Catedral, el Palacio Episcopal, la iglesia de Santa María, la Plaza Mayor,... - hay que afirmar que el monumento principal de Albarracín es la ciudad misma, con su sabor popular y aristocrático.

     He visitado varias veces esta ciudad. Y tengo que reconocer que, cuanto más la visito, más me encanta. Parece una novia que se engalana día tras día para despertar la admiración de los miles de turistas que recorren cada año sus empinadas y sinuosas callejuelas.  De todos modos, me gusta acercarme a Albarracín desde los Montes Universales, siguiendo el cauce del río Guadalaviar. Porque esta ciudad, además de su reclamo artístico, está enclavada en un privilegiado paraje natural. Vale la pena caminar un poco por sus alrededores para comprobarlo. La naturaleza ha sido generosa con esta sierra y el paisaje pintoresco y sublime ha despertado la admiración de muchos viajeros y artistas.

     Quiero plasmar lo que escribí en mi tesis doctoral - Recuerdos y Bellezas de España. Ideología y Estética (2005)- sobre esta ciudad y su entorno natural:

     En las cercanías de Albarracín, la impetuosa corriente del agua vuelve a cobrar protagonismo, deslizándose violentamente y atravesando un valle inhóspito y salvaje. La ausencia de vegetación incrementa el protagonismo de las rocas que, al igual que en el Monasterio de San Juan de la Peña o en la montaña de Montserrat, se suspenden amenazantes:

     "Atravesada bien pronto la población en incesante subida, sálese de ella por otra puerta que flanquean dos gruesas torres, y aparecen en sinuoso giro los barrancos por cuyo fondo se derrama el Guadalaviar mugiente y verdinegro. Baja el río de la empinada sierra por entre pardas moles de desnuda roca, cuyos angulosos cortes y pliegues que las jaspean revelan allí vastas canteras no explotables todavía: ninguna vegetación reviste aquellas colinas volcanizadas, templando la desolación solemne del paisaje: y el que remonta la corriente por el sendero abierto en la orilla, ve con espanto las peñas desgajadas amenazando su cabeza". (Recuerdos y Bellezas de España, Volumen de Aragón, José María Quadrado en 1844).

 

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