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EL SABOR DEL VERANO

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     Paseo vespertino por la ciudad del cierzo y del bochorno. Surcas con la bicicleta las nuevas vías verdes - carriles bici - herencia de la Exposición Internacional de 2008. Contemplas el cauce del río, cada vez más escuálido, a pesar de las copiosas lluvias primaverales. La ciudad huele a madera quemada, a hierba socarrada, a cemento rusiente. Mientras pedaleas por una superficie llana y sinuosa - sin reloj, sin prisas, sin agobios - recuerdas otras tardes estivales, evocas otros ríos más vivos, más cercanos, y comienzas a saborear los primeros días de un verano que se te antoja fugaz y escurridizo, como tantos otros.

     El sabor del verano es diferente al de las demás estaciones. Es un sabor agridulce, es un sabor penetrante, es un sabor prolongado. Porque la tarde se prolonga hasta el infinito. Porque el crepúsculo se esfuma de los dedos y cede el paso a una noche efímera. Porque el sol se resiste a abandonar el horizonte y adquiere un protagonismo difícil de eludir. Regresas por el mismo camino tapizado de cemento verde. Sólo te detienes en los pasos de peatones. Observas de nuevo las riberas del Ebro y contemplas a lo lejos los edificios de la Expo, casi todos vacíos, silenciosos, como esqueletos de piedra.

     Al filo de la noche, desde la galería, muy cerca de los inevitables plataneros, vuelves a contemplar el cauce del río, esta vez más plateado, más idílico, más atractivo. Es el sabor de las noches estivales en una ciudad semidormida, sedada, casi irreconocible. Es el sabor del verano.

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