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EL REGRESO DE ROBERT FROST

     Una de mis lecturas preferidas de cada verano es el número correspondiente de la revista cultural TURIA. En su entrega 95, esta excelente publicación periódica dedica uno de sus artículos al poeta americano Robert Frost. Martín Merino Ruiz-Funes analiza con detención la trayectoria poética de este creador,  enamorado de los bosques de Nueva Inglaterra. A pesar de la fama que tuvo durante su dilatada vida (San Francisco, 1874 - Boston, 1963), sorprende - como dice el articulista - que, a fecha de hoy, no haya ningún libro ni antología de Frost traducidos al español.

    La lectura de estas líneas ha supuesto para mí el descubrimiento de un gran poeta - admirado por W.H. Auden, Ezra Pound y Juan Ramón Jiménez - que utiliza magistralmente la alegoría en sus versos y que deja siempre un aliento filosófico y existencial en cada uno de sus poemas. Plasmo unos versos de su poema Abedules, traducido poar Agustí Bartra. Frost parte de una imagen de su infancia - los árboles como gigantescos columpios - y expresa su cansancio y desorientación en medio del bosque como metáfora de la vida.

                            Yo fui también, antaño, un columpiador de árboles,

                            y muy a menudo sueño que volveré a serlo;

                            cuando me hallo cansado de mis meditaciones

                            y la vida parece un bosque sin caminos

                            donde, al vagar por él, sentimos en la cara

                            ardiente el cosquilleo de rotas telarañas,

                            y un ojo lagrimea a causa de una brizna,

                            y quisiera alejarme de la tierra algún tiempo,

                            para luego volver y empezar otra vez.

                            Que jamás el destino, comprendiéndome mal,

                            me otorgue la mitad de lo que anhelo

                            y me niegue el regreso. Nada hay, para el amor,

                            como la tierra: ignoro si existe mejor sitio.

                            Quisiera encaramarme a un abedul, trepar

                            por las ramas oscuras del blanquecino tronco,

                            y subir hacia el cielo, hasta que el abedul,

                            doblándose vencido, me devolviese a la tierra.

                            Subir y regresar sería muy hermoso,

                            pues hay cosas peores en la vida que ser

                            un columpiador de árboles.

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Autor: Luis Antonio

También estoy leyendo Turia y comparto la opinión que te merece, José Mª

Fecha: 18/07/2010 13:54.


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