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SED DE PODER

     A veces uno se pregunta qué tiene el poder, qué secretos guarda en sus entresijos, qué hechizo desprende, qué fascinación promete. Y, después de reflexionar días y días, uno se da cuenta de que los políticos, expolíticos, empresarios y mucha gente de a pie buscan su propia parcela de poder, su propio ámbito de dominio, su propio territorio autónomo e inalienable.

     A medida que se acerca la cita electoral del 22 de mayo, todos los líderes políticos afilan sus cuchillos, afilan su lengua, y prometen y prometen sin ton ni son. Los más atrevidos - especialmente los de la oposición - reclaman un día sí y otro también la dimisión de los rivales. Eso sí, no piensan - ingenuos - que a ellos les va a ocurrir exactamente lo mismo, que ellos no van a ser la panacea para los males de este país. Y si no que relean los Artículos del joven escritor romántico Mariano José de Larra.

     Eso se llama simplemente sed de poder, o hambre de poder. Porque, al parecer, nadie quiere perderse el protagonismo en la próxima cita con las urnas. Nadie quiere quedarse fuera de las listas. Los que están dentro, se niegan a abandonar el barco, aunque esté haciendo aguas por todas partes; los que están fuera, intentan hacer todo lo posible por ascender, por medrar, por figurar en lo más alto del podio.

     Y me vuelvo a preguntar: ¿Qué tendrá el poder para seducir a tantos y tantas? ¿Prestigio? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Estatus social? ¿Capacidad de maniobra? ¿Libertad de movimientos?...Cada vez dudo más de la atracción de estos hechizos. Cada vez me convenzo más de que esta ansia de poder obedece más a un montaje, a una parafernalia, que a la razón auténtica. Una razón que debería ser la responsabilidad, la dedicación plena,... Eso creen los ciudadanos que deben asumir los políticos. Y para eso les votan. Para que solucionen los problemas con una actitud más de servicio que de dominio, más de implicación que de apariciones ocasionales, más de autocrítica que de continuas críticas, reproches y descalificaciones contra el rival de turno.

     El ciudadano cada vez advierte con más claridad este mundillo contaminado y poco coherente. Por eso no sabe a quién votar, por eso opta a veces por el voto en blanco, o por la abstención. Y, aunque no es bueno el voto de castigo, sería conveniente que los líderes políticos reflexionaran, dejaran el cargo a tiempo o no mostraran en público tanta ansiedad por gobernar, tanto afán por desbancar al rival, tanta sed de poder.

 

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