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EL ENCANTO DE ALCARAZ

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     Volver a Alcaraz dos décadas después me provoca sentimientos encontrados. Regresar a este pueblo de la sierra albaceteña en el que residí durante dos años como profesor de secundaria despierta en mí sensaciones agridulces y un poso de nostalgia difícil de evitar.

      A medida que me voy acercando a la sierra por la carretera de Jaén, las curvas se multiplican, el paisaje se enriquece de matices cromáticos y los pueblos y pedanías apacecen casi de forma mágica después de un recodo o en la ladera de una colina: El Jardín, Los Chospes, El Cubillo, Robledo, El Horcajo y, a lo lejos, el arco semiderruido de la ciudad de Alcaraz, que airea en el horizonte su silueta inconfundible y su color ocre, herencia medieval y renacentista de este pueblo tan rico en historia como en arte.

      Porque Alcaraz no es sólo arte e historia. Alcaraz es remanso de paz. Alcaraz es lugar de acogida. Alcaraz es oasis natural. Alcaraz es trampolín para la ensoñación y el recuerdo. Al anochecer, nos acercamos con mi amigo Pepe hasta la monumental Plaza Mayor recorriendo con parsimonia esa calle empedrada y silenciosa en la que cada casa conserva un recuerdo, una vivencia, un latido vital. Ya en la plaza, contemplamos las torres del Tardón y de la Trinidad, como dos hermanas gemelas, nos detenemos en la puerta de la Aduana, del arquitecto local Andrés de Vandelvira y experimentamos una sensación de paz y sosiego, como si el tiempo se hubiera detenido.

      Dejamos para la mañana la visita al santuario de la Virgen de Cortes, patrona de la comarca, el recorrido matinal por el paraje de los Batanes, con sus impresionantes cascadas, sus estalagtitas, sus canteras de piedra rojiza, sus olores y colores, su silencio natural. No nos olvidamos de visitar el nuevo instituto de Secundaria con el nombre de Pedro Simón Abril, humanista y pedagogo local. Y conocemos la recién restaurada Casa de la Vicaría, que será biblioteca local, centro cultural y hogar de jubilados. Precisamente residí en la calle de la Vicaría durante esos años cada vez más lejanos.

      Abandono Alcaraz al atardecer y, mientras desciendo la cuesta que da acceso al pueblo, recuerdo las vivencias de esos meses, las rutas en bicicleta a Vianos, al Ballestero, al Salobre; las tertulias en la plaza; las comidas en el hostal Alfonso;los aperitivos en la Cueva del Pernales; los cafés en la confitería; las partidas de billar en casa de Diego...Dejo atrás dos días de vivencias, de recuerdos. No sé cuándo volveré. Pero espero no demorar tanto mi visita a este lugar querido y añorado.

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