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EL TIEMPO ENTRE COSTURAS

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     La lectura de El tiempo entre costuras (2009), primera novela de la escritora manchega María Dueñas, me ha sorprendido gratamente.

     Aunque el hilo conductor corresponde a la ficción, el contexto histórico - fruto de una excelente documentación - nos acerca a la España colonial del norte de África, a los meses previos a la guerra civil y a los durísimos años de posguerra.  La joven modista Sira Quiroga, protagonista de la obra, es empujada por el destino hacia Tetuán y hacia Tánger, después de abandonar el Madrid convulso de los últimos meses de la República. En el Protectorado español marroquí se relacionará con personajes históricos entre los que destacan Juan Luis Beigbeder, primer ministro de asuntos exteriores de Franco; Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo; Alan Hillgarth, coordinador de actividades del servicio secreto inglés en España y Rosalinda Powell Fox, amante secreta de Beigbeder.

     Pero la novela va más allá de una trama perfectamente engarzada. Su lectura me ha recordado a Galdós y al mejor Baroja. Porque es una novela realista, una novela de superación personal, una novela colonial, una novela de amor, una novela de espías. Muy pocos novelistas se han internado en el escabroso territorio norteafricano de principios del siglo XX. Recuerdo en este momento la novela Imán, del aragonés Ramón J. Sender. Y pocas más.

     Para completar esta breve valoración, voy a insertar, a modo de aperitivo literario, dos fragmentos de esta ópera prima de María Dueñas. Su estilo ágil no supone superficialidad, sino todo lo contrario. La reflexión existencial y la crítica social subyacen en muchas de sus páginas.

     A lo largo de los años hubo momentos en los que el destino me preparó quiebros insospechados, sorpresas y esquinazos imprevistos que hube de afrontar a matacaballo según fueran viniendo... Atrás quedaba un pasado complejo y, como en una premonición, al frente se abría una magnitud de espacio desnudo que el tiempo se encargaría de ir llenando...

     La normalidad no era más que lo que mi propia voluntad, mi compromiso y mi palabra aceptaran que fuera y, por eso, siempre estaría conmigo. Buscarla en otro sitio o quererla recuperar del ayer no tendría ningún sentido.

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