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LA VOZ DEL TIEMPO

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     Tengo entre mis manos un poemario exquisito, personal, de una delicadeza conmovedora. Son adjetivos que la escritora Espido Freire ha escrito en la faja del libro de fotografías y poesía, titulado La voz del tiempo.

     Julia Moreno es una escritora madrileña, aunque reside en Cartagena desde hace más de diez años. Ha compaginado la poesía con la imagen y en ambas disciplinas ha obtenido premios importantes y ha realizado exposiciones individuales y colectivas.

     En La voz del tiempo Julia nos regala 49 fotografías personales – fruto de sus viajes por varios países de Europa y por muchas ciudades y pueblos de España – acompañadas de 49 poemas desnudos, profundos, despojados de artificio, sugerentes, vitales. La simbiosis entre lo visual y lo poético es total. No se puede leer un poema sin deleitarse en la contemplación de un paisaje, de un edificio o de un objeto preñado de simbolismo.

     Tal como afirma la autora en una dedicatoria con su puño y letra, cada uno de los versos trata de robar la magia de cada instante, de “dejarse llevar por la voz del tiempo”. Una voz que se multiplica, que se metamorfosea como un rico caleidoscopio, una VOZ ROTA (“Dentro de mi soledad desordenada , hay un pequeño rincón donde siempre voy a encontrarme”), una voz HUIDA (“Descubriste mis alas de sal…y ahora eres ola furiosa ávida de abrazos”), una VOZ CERCANA (“Nacen flores negras de un rojo corazón libre, pero sin alas”), una VOZ PERDIDA (“La multitud es una soledad tan infinita / que no te reconoces la mirada”), una VOZ QUE GRITA (“Sigo buscando esquinas para huir./ Definitivamente tu corazón es redondo”), una VOZ QUE ABRAZA (“Así que decidí disfrutar cada paso, cada instante / como si del último se tratara…), una VOZ QUE GUÍA (“He aprendido a que tal vez lo importante no es dónde vas, / sino disfrutar de cada instante en el viaje, corto o largo”).

       He disfrutado con la lectura y relectura de estos poemas de Julia Moreno. Y a través de las selectas imágenes, he viajado a Londres, a Lisboa, a Ámsterdam, a Estambul. He recordado mis fugaces estancias en Bilbao, en Cartagena, en Santander, en Madrid. Pero, sobre todo, he compartido el aliento poético de una poeta que despierta la sensibilidad ante los pequeños detalles que contempla como esa arpa dormida de la famosa rima de Bécquer. Un libro que ayuda a recuperar el pulso acelerado de las horas, que invita al sosiego, a los sueños de futuro, a un soplo de libertad, a un latido profundo del corazón, a una soledad enriquecida, a la utopía de una vida plena.

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