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Cae la nieve fugaz
en este valle gris asilenciado
por los duros rigores del invierno.
Se posa el manto blanco
sobre el cauce del río
y sobre los tejados relucientes
de casas encaladas
que albergan silenciosas
con ojos de nostalgia
el eco de un pasado.
Casas como personas,
casas como azucenas
ajadas por el tiempo.
Mientras la nieve cubre
las calles de tu infancia,
contemplas la fachada de tu casa
inundada de paz y de recuerdos.
Una oleada azul
revive aquellos días invernales
de sueños e inquietudes,
perdidos ya en la bruma
de esta marea blanca
que oculta el tono gris
de los adioses
y el poso de nostalgia
eternizado.
Cae la nieve fugaz.
Y el valle se recrea en los silencios
de vidas que se fueron
y alimentan el eco
de las casas con alma,
con ojos de pasado,
con ojos de nostalgia
heridas por el tiempo
y la memoria.

Mientras tomaba un cortado ayer tarde en el café del Marqués, comencé a hojear el periódico y me sorprendió una noticia aparentemente banal e intrascendente: El monarca español Juan Carlos I acaba de conceder el título de marqués a varias personalidades relevantes de la vida española de los últimos meses. Entre ellos figuran el seleccionador español de fútbol Vicente del Bosque y el reciente premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.
Me sorprendió por varios motivos: pensaba que los títulos nobiliarios ya estaban obsoletos y sólo figuraban en los libros de historia o en los manuales literarios; creía que el marquesado era de otras épocas, y me vinieron a la mente autores como el Marqués de Santillana o personajes literarios como el Marqués de Bradomín, protagonista de la excelente Sonata de Otoño valleinclanesca; ignoraba que en la Constitución Española figura un artículo que hace alusión explícita a este privilegio que queda en manos de la iniciativa real.
No tengo nada en contra de estos personajes, sino todo lo contrario: admiro a Vicente del Bosque desde que era un excelente jugador hasta que ha conseguido un éxito histórico como entrenador de la selección española y tengo una especial devoción literaria por el escritor peruano Mario Vargas Llosa, nacionalizado español desde hace muchos años. Pero, a pesar de todo, no acabo de asimilar esta noticia en pleno siglo XXI. Me parece una vuelta al pasado, un rizar el rizo, una concesión a la galería. Porque está claro que este título no conllevará los privilegios de antaño - exención de impuestos, propiedades privadas... - ¡Hasta ahí podíamos llegar! - Sorprende, además, que este título honorífico se haga extensivo a sus consortes y a su descendencia. ¡Parece mentira!
De todos modos, seguiré frecuentando el café del Marqués, recordaré con frecuencia al Marqués de Santillana y sus Serranillas, reconoceré la labor del Marqués de Villena y volveré de vez en cuando a las páginas de Valle-Inclán. Pero no se me ocurrirá pensar en marqueses actuales, por muy famosos que sean. Para mí, son costumbres aristocráticas de otros tiempos. Eso sí, seguiré admirando al escritor y al deportista por sus logros para el idioma y para el deporte español.

Tengo entre mis manos la edición facsímil de la breve biografía de Joaquín Costa (Monzón, 1846 - Graus, 1911), escrita en 1918 por Pedro Martínez Baselga y recuperada par los lectores por la Institución "Fernando el Católico", con un jugoso prólogo del erudito Eloy Fernández Clemente.
Precisamente hoy, 8 de febrero, se cumplen cien años del fallecimiento en Graus de este insigne aragonés, que está enterrado en el panteón de personas ilustres del cementerio zaragozano de Torrero. El título de este pequeño libro, ¿Quién fue Costa", surgió de la pregunta que un niño le hizo a Baselga al contemplar la estatua del economista, político y pensador en su panteón del cementerio. Esta misma pregunta me han planteado la mayoría de mis alumnos de secundaria cuando les he hablado un poco del "león de Graus". La mayoría ignoraban a este aragonés que, junto con Gracián, Goya, Buñuel, Sender e incluso Labordeta, podrían figurar entre los máximos representantes aragoneses tanto a nivel nacional como internacional.
Lo que ocurre con Joaquín Costa es que no se leen sus obras, reservadas sólo para reducidos ámbitos universitarios. Por eso los jóvenes - y seguramente también los adultos - sólo recuerdan a Costa asociándolo a una calle céntrica o a un colegio o instituto de educación. Esa es la triste realidad, a fecha de hoy. No sé si los actos que comienzan hoy en Graus y que continuarán durante unos meses por Aragón y por alguna ciudad española contribuirán a que Costa deje de ser un desconocido. ¿Nos imaginamos a Goya sin contemplar sus cuadros? ¿O a Gracián sin leer El Criticón? ¿O a Buñuel sin ver sus películas? Pues eso está ocurriendo con la obra de Costa: casi no se edita, no se lee y está poco accesible en las blibliotecas públicas.
Quiero plasmar unas líneas de la obra de Martínez Baselga como homenaje personal a este aragonés que, a pesar de todo, sigue perviviendo en el tiempo:
"Costa no era un matón, ni un hombre de mal humor, ni siquiera un taciturno. Era un alma dolorida, porque su vida fue un calvario; tenía un corazón muy grande, sufriendo por todos sin dar importancia a sus propias penas; pero en sus conversaciones con sus íntimos, era chistoso y socarrón...Era muy amigo de los niños, para quienes siempre llevaba caramelos; gran defensor de las mujeres y, sobre todo, de las madres, y entre éstas de las que perdieron sus hijos en Cuba y Filipinas; defensor de pobres y de ricos, si éstos eran justos, y el hombre más afectivo y llorón que he conocido en mi vida".
. FOTOGRAFÍA: Monumento a Joaquín Costa en Zaragoza

Me considero afortunado al tener entre mis manos el primer poemario de la poeta aragonesa Clara Santafé (Zaragoza, 1985), publicado en 2009 por la editorial Comuniter en su colección Resurrección. Ángel París es un libro de pequeño tamaño, pero de gran aliento poético. La autora aborda en 52 poemas la vida de la actriz de porno francesa Karen Bach, conocida también como Karen Lancaume y como Ángel París.
Son versos que fluyen entre la tristeza y la angustia de una mujer desgraciada y desengañada de la vida - se suicidó a los 31 años - El acierto de los poemas de Clara Santafé reside sobre todo en el tratamiento poético de un tema tabú de un modo profundo, sugerente y entrañable. Poemas como Abierta hasta el amanecer - Pero hay días en que necesito /vengarme de la Humanidad - Garganta profunda - Toda la melancolía del mundo / nació en la primera noche febril de la tierra - o Cronos (carta del suicida necesario) - Pero para no vivir hay que morir / y no es tan sencillo el verbo - nos sumergen en un microcosmos de miedos, recuerdos, soledad y hastío. La vida y la muerte se dan la mano. El placer y el dolor se hermanan en una profunda y descarnada paradoja: Muero y soy un esqueleto de tierra / y entonces descubro la felicidad / estrenando el regalo tardío / de lo opaco.
La autora - que se declara admiradora de Bertolt Bretch, de los poetas del 27 y de Ángel González - nos regala además un ramillete de aforismos poéticos que se acercan a las greguerías vanguardistas de Ramón Gómez de la Serna: LA LENGUA: Beluga / amaestrada; LOS OJOS: Carrillón / por el que a veces / se asoman / panteras / o medusas; LOS LABIOS: La luna / articulada; EL CLÍTORIS: Mosca a punto / de morir ahogada / en gelatina.
Después de saborear los versos de este rico poemario, nos queda el sabor agridulce de una vida desdichada de la venganza poética, del triunfo de lo vital sobre lo efímero y vulnerable. Nos queda además el sorprendente impacto visual de unos versos que se deslizan con una sensibilidad a flor de piel, a flor de palabra, a flor de sentimiento. Ángel París es el fruto poético de una historia febril y desgarradora, es la invitación a un viaje metafórico por los suburbios de un París nocturno y paradójico, es un homenaje a la vida como camino fugaz e imprevisible.

El tiempo del amor
es tan fugaz
como los sueños dulces
de la lejana adolescencia.
Es un tiempo azotado
por la rutina gris de las mañanas
y el crepúsculo triste
de noches solitarias,
cual una nube rota.
El tiempo del amor
reclama intensidad
y alienta melodías de futuro
porque es algo tran breve
como el latido azul
de un corazón
herido de esperanza.
Es un tiempo fugaz,
breve como la vida
de la rosa,
efímero y fatal,
contradictorio,
sembrado de deseos
y promesas.
Es un tiempo feliz,
pero tan frágil...
como las alas de esa mariposa
que anticipa sin más
la ansiada primavera.
A veces uno se pregunta qué tiene el poder, qué secretos guarda en sus entresijos, qué hechizo desprende, qué fascinación promete. Y, después de reflexionar días y días, uno se da cuenta de que los políticos, expolíticos, empresarios y mucha gente de a pie buscan su propia parcela de poder, su propio ámbito de dominio, su propio territorio autónomo e inalienable.
A medida que se acerca la cita electoral del 22 de mayo, todos los líderes políticos afilan sus cuchillos, afilan su lengua, y prometen y prometen sin ton ni son. Los más atrevidos - especialmente los de la oposición - reclaman un día sí y otro también la dimisión de los rivales. Eso sí, no piensan - ingenuos - que a ellos les va a ocurrir exactamente lo mismo, que ellos no van a ser la panacea para los males de este país. Y si no que relean los Artículos del joven escritor romántico Mariano José de Larra.
Eso se llama simplemente sed de poder, o hambre de poder. Porque, al parecer, nadie quiere perderse el protagonismo en la próxima cita con las urnas. Nadie quiere quedarse fuera de las listas. Los que están dentro, se niegan a abandonar el barco, aunque esté haciendo aguas por todas partes; los que están fuera, intentan hacer todo lo posible por ascender, por medrar, por figurar en lo más alto del podio.
Y me vuelvo a preguntar: ¿Qué tendrá el poder para seducir a tantos y tantas? ¿Prestigio? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Estatus social? ¿Capacidad de maniobra? ¿Libertad de movimientos?...Cada vez dudo más de la atracción de estos hechizos. Cada vez me convenzo más de que esta ansia de poder obedece más a un montaje, a una parafernalia, que a la razón auténtica. Una razón que debería ser la responsabilidad, la dedicación plena,... Eso creen los ciudadanos que deben asumir los políticos. Y para eso les votan. Para que solucionen los problemas con una actitud más de servicio que de dominio, más de implicación que de apariciones ocasionales, más de autocrítica que de continuas críticas, reproches y descalificaciones contra el rival de turno.
El ciudadano cada vez advierte con más claridad este mundillo contaminado y poco coherente. Por eso no sabe a quién votar, por eso opta a veces por el voto en blanco, o por la abstención. Y, aunque no es bueno el voto de castigo, sería conveniente que los líderes políticos reflexionaran, dejaran el cargo a tiempo o no mostraran en público tanta ansiedad por gobernar, tanto afán por desbancar al rival, tanta sed de poder.

A veces, y con demasiada frecuencia, embarcarse en una empresa cultural puede rozar lo utópico y lo inverosímil. Esto es lo que le ocurre a Florence Green, protagonista de La librería, novela escrita en 1977 por la autora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000) y traducida al español para la editorial Impedimenta por Ana Bustelo.
La librería es una novela sencilla, pero no simple. Su lectura nos invita a reflexionar sobre los problemas que una apuesta desinteresada por la cultura desencadena en un minúsculo pueblo costero de Suffolk hacia 1959. Una viuda decide abrir una librería-biblioteca en una mansión deshabitada y corroída por la humedad. Sólo tiene la ayuda de una niña de diez años y el apoyo de un viejo amigo. Pero esta empresa ilusionante sólo dura apenas doce meses. Las fuerzas vivas del lugar, el caciquismo, la envidia y la hipocresía moral reinante van socavando poco a poco el entusiasmo inicial de la protagonista. Florence, cansada y acorralada, decide abandonar el pueblo y dejar a sus habitantes sin este proyecto utópico e ilusionante. La casa vuelve a quedarse vacía, con sus extraños fantasmas y en manos de especuladores que la dotarán de un uso más práctico y lucrativo.
La lectura de esta pequeña novela, aunque no me ha entusiasmado, me ha llevado a evocar esa España rural de los años sesenta, huérfana de cultura, desconfiada con todas las novedades editoriales, caciquil, corroída por la envidia y dominada por el qué dirán. Sin embargo, no hay que remontarse a esos años tan grises para volver a vivir situaciones similares a la que narra Penelope Fitzgerald. Tanto en el medio rural como en determinadas zonas urbanas, se sigue viendo con extrañeza, e incluso con recelo, una apuesta por la cultura sin otros intereses lucrativos o políticos. Y ahora, con la crisis económica como espada de dámocles, apostar por la cultura es más que nunca una utopía, una aventura llena de incertidumbre.
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