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MENOSPRECIO DE CORTE

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     Volver al campo, aunque sólo sea por unas horas. Reencontrarse con tu paisaje, con tus gentes, con el silencio y la soledad de la sierra invernal, es un placer reservado a unos pocos.

     Es verdad que los tópicos renacentistas - Beatus ille, Locus amoenus o el que inspiró la obra de Fray Antonio de Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea - han caído en desuso. Es cierto que los hechizos de la gran ciudad, la atracción del bullicio, de los lugares masificados, del ruido de los motores, del ajetreo urbano están calando cada vez más en las nuevas generaciones.

     Pero la naturaleza, el silencio del valle, la soledad de la sierra, el murmullo del río, el color amarronado de los campos, los brotes prematuros de los chopos cabeceros, el aire incontaminado, la brisa fresca y suave, el horizonte verdeazulado, el plácido alboroto de los pájaros, la orgullosa eminencia de las colinas, el trazado geométrico de las huertas, los caminos recónditos, las veredas ocultas, la contemplación a vista de pájaro de un paisaje familiar,...Todo confluye en una armonía silenciosa que, a pesar de la soledad de las calles, a pesar de las casas solitarias, a pesar de la ausencia de vecinos, te sume en una dulce melancolía y te ayuda a reflexionar sobre este presente convulso y un futuro cada vez más incierto.

    

    

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