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INCENDIOS

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     Después de la crisis, la prima de riesgo o las olas de calor, no se habla de otra cosa en los últimos días. Son el azote de cada verano para todas y cada una de las zonas arboladas de la geografía española. Pero este verano, a causa de la prolongada sequí y de las extremas temperaturas, está siendo un fenómeno desolador. No sólo para los que lo sufren en sus propias carnes - tierras, viviendas... - sino para los que defendemos ante todo un entorno natural verde para nuestros hijos y nietos.

     Estamos a finales de agosto - aún queda septiembre - y las hectáreas quemadas en España en lo que llevamos de año ya rondan las doscientas mil. Una auténtica barbaridad. Lo peor de todo es que nuestras autoridades no saben cómo poner freno a esta plaga que, la mayoría de las veces obedece a descuidos e incluso a una clara intencionalidad.

     El último incendio ha afectado directamente a tierras aragonesas. Es curioso comprobar cómo uno de los primeros grandes incendios del año - el de Castanesa en marzo - también comenzó en Aragón. Del Pirineo al Moncayo, dos parques naturales de esta tierra cada vez más seca y necesitada de agua. Lo peor de todo es que, cuando iniciamos un viaje, nos vamos acostumbrando a ver esas zonas grises, cárdenas, desoladas y fantasmales.

     Hace una semana tuve la oportunidad de contemplar por primera vez, al filo del crepúsculo, los efectos de uno de los incendios más devastadores en Aragón en los últimos años, el que afectó a los términos municipales de Aliaga, Ejulve y La Zoma. Regresaba del Bajo Aragón y, nada más cruzar Ejulve, me llegó como un vendaval oscuro, la silueta todavía calcinada del entorno del Majalinos, el entorno desolado de La Cañadilla, los pinos como convidados fantasmales de piedra a una noche veraniega vestida de soledad y silencio. Eso sí. unos cuantos animales - cabras, liebres, comadrejas, ...- cruzaron la carretera sin tráfico como si intentaran adueñarse de una vez por todas de lo que les arrebataron las llamas durante esos terribles días de julio de 2009.

    Hoy, al contemplar en televisión las imágenes del incendio del Moncayo, pienso en los habitantes de Calcena, de Talamantes, de Tabuenca. Y recuerdo ese otoño de 2007 en el que ascendí a este dios que ya no ampara - en palabras de Labordeta - y contemplé el amarillo de las hojas de los árboles de este parque natural amenazado por la sequía y el clima cada vez más cálido. Y recuerdo a los habitantes de La Gomera, de la sierra de Valencia, del sur de León, de Robledo de Chavela, de la provincia de Girona,... Serán zonas desoladas durante varias décadas y luego volverá la rueda de los incendios como una sinrazón estival.

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