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DULCE OTOÑO

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     Otoñea en la sierra, otoñea en el valle, otoñea en los corazones solitarios. El caminante se dirije con parsimonia hacia la ermita. Mientras camina por la vega, contempla las huertas vestidas de un tapiz verdeamarillo y se asoma con curiosidad por las paredes con sabor a ruina y abandono. Su mente vuela hacia el pasado mientras sus pasos le acercan a la ribera del Guadalope. Nada es igual que antes. También el paisaje cambia, se metamorfosea, se vuelva más recoleto, más apocado, más agreste, más salvaje.

    Al llegar al pradico de la ermita de la Virgen de la Zarza, su corazón comienza a palpitar un poco más acelerado y los recuerdos se entrelazan por momentos. Evoca especialmente su infancia. Y no puede evitar el halo de melancolía que le rodea como una nube pasajera. Una melancolía teñida de amarillo, como esos chopos centenarios que se someten al ritual de cada mes de noviembre: despojarse de las hojas y mostrar su desnudez, su esqueleto que anticipa el crudo invierno.

    La suave temperatura de esta mañana otoñal y la fina lluvia que acaricia las piedras del pavimento de la plaza le devuelven por momentos a otros otoños dulces, lejos de la sierra, muy lejos del valle, avasallado por el tumulto  de la gran ciudad. Hoy, sin embargo, el silencio y la soledad son sus mejores aliados. Y sólo una suave brisa compite con el murmullo de un río renacido para dotar al paisaje otoñal de fugaces sonidos. Los ecos del pasado que acompasan el latido de su corazón, de nuevo aserenado.

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