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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2012.

CASTILLOS

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     Desde mi ventana contemplo cada mañana después de desayunar la silueta austera e inconfundible del castillo. En realidad, lo que diviso hacia el oeste es la mole de piedra sobre la que se asentó el antiguo castillo sanjuanista de Aliaga, lugar fortificado erigido en una eminencia desde la que se podían vigilar las entradas y salidas a la ilustre villa turolense.

    La historia de este castillo se remonta, al menos, al siglo XII. Fue reconquistado por Alfonso I en 1118, pero volvió a manos musulmanas pocos años después. Se sabe con seguridad que en 1163 perteneció a la orden de San Juan y a partir del siglo III se conformó una importante encomienda en torno a esta fortificación. Los episodios más recientes se remontan a la segunda guerra carlista. En 1840 el general O’Donnel sitió el castillo de Aliaga que se sometió a las fuerzas isabelinas sin sufrir grandes destrozos.

     Pero la realidad actual es muy distinta a la que muestran los antiguos grabados. Durante el siglo XX el abandono y deterioro del castillo fue constante. Y así se ha llegado a una situación difícil de solucionar. Ruinas, escombros y algún fragmento de la antigua muralla son testigos mudos de esos 4000 metros cuadrados de su recinto. Se antoja como algo utópico hablar de una posible restauración, pero no sería una idea descabellada trazar una pequeña ruta desde el pueblo hacia el castillo para que los vecinos y turistas pudieran ascender con una cierta comodidad y contemplar desde lo más alto no sólo la población sino incluso parte de la comarca.

     En esta mañana veraniega, mientras asciendo al castillo por un camino estrecho y pedregoso, recuerdo los sueños de mi infancia, las aventuras con los amigos al pie de sus maltrechas murallas, las cabañas, los juegos, la huida de lo cotidiano y la búsqueda de vestigios de otros tiempos. Eso sí, la mole sobre la que se asentaba la antigua fortaleza sigue siendo una de las señas de identidad del pueblo, junto con la Porra y todas las montañas que conforman este importante Parque Geológico. Desde arriba contemplo el pueblo en este día caluroso de agosto. Contemplo los perfiles de las casas, la huerta, el cauce desolado del Guadalope, la hilera de chopos centenarios, el horizonte azul sin una nube que anuncia el regalo tan esperado de la lluvia.

    Hay tantos castillos abandonados en España, hay tantas fortalezas diseminadas por la geografía aragonesa que es casi imposible pensar en una restauración de estos enclaves históricos para usos turísticos o culturales. En la provincia de Teruel, ciudades como Alcañiz o Mora de Rubielos tienen excelentes castillos perfectamente restaurados y transformados en paradores. Pero queda mucho camino por recorrer. De momento, uno se contentaría con ese acceso a lo más alto y un pequeño Centro de Interpretación.

    

FIESTAS

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      ¿Qué sería de los pequeños pueblos de nuestra geografía sin la celebración de las fiestas patronales? ¿Qué quedaría de tantos núcleos rurales si desapareciera es fecha que todos los vecinos tienen marcada con rojo en su calendario?

     La celebración de las fiestas anuales en los pueblos turolenses - la mayoría en agosto - supone un motivo de reencuentro para vecinos, amigos, familiares y simpatizantes. Durante tres o cuatro días el pueblo se engalana para recibir a cientos de visitantes que intentan disfrutar de unos días de solaz, de diversión y - ¿por qué no? - de aliento cultural. Porque las fiestas patronales son cada vez más diversificadas y, a pesar de la crisis, intentan mantener un difícil equilibrio entre la tradición y la modernidad, entre lo lúdico y lo cultural, entre el jolgorio desbocado de los jóvenes y el ocio más sosegado de los mayores.

     Las fechas de estas celebraciones suponen, en muchos casos, un antes y un después en el latido vital de los pequeños núcleos rurales. Al ver las plazas y calles llenas de personas de todas las edades con ganas de divertirse, al ver la alegría de los niños, el bullicio de las peñas o las noches de verbena interminables, algunos piensan ya en el día después, en las próximas semanas, en los meses otoñales. Y se preguntan si todo este ambiente es un espejismo que contrasta brutalmente con la realidad cotidiana de los pueblos, con las calles vacías, con las casas cerradas, con los adioses fugaces y llenos de nostalgia. Esa es la realidad. Pero, mientras tanto, habrá que disfrutar de estas celebraciones que mantienen viva la llama de los pueblos aunque sólo sea por unas semanas.

     En el entorno de Aliaga, son muchas las fiestas que se celebran durante las semanas centrales de agosto. Y en todas ellas hay algo peculiar: el Dance de Jorcas, el Reinao de Miravete de La Sierra, las vaquillas de La Cañada de Benatanduz, el toro embolado de Aguilar o las actividades culturales de Campos o de Cirugeda. Todos estos actos suponen una preparación previa a cargo de las comisiones de fiestas y con el respaldo de los ayuntamientos. Si no fuera por el impulso de las jóvenes generaciones, las fiestas irían languideciendo, pero todavía se mantienen vivas, en muchos casos a contracorriente.

(Fotografía: Anuncio de las fiestas de La Cañada)



RETORNOS

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    Al filo del crepúsculo, emprendes tu camino de regreso a la gran ciudad con el equipaje lleno de nostalgia y de incertidumbre. Te vas despidiendo mentalmente de todos los vecinos, de todos los amigos. Dejas atrás tardes interminables de guiñote, rutas pintorescas en bicicleta, marchas senderistas, partidas de frontenis en el trinquete, encuentros festivos en los pueblos de la sierra y un verano inclemente que parece no querer llegar a su fin.

    Miras de vez en cuando por el retrovisor del coche y contemplas las primeras luces de Hinojosa de Jarque en plenas fiestas, atestada de coche, aunque sólo sea por tres cortísimos días. Avanzas hacia la ciudad, hacia el cemento, hacia la rutina, hacia un ritmo de vida muy distinto. Ahora sólo piensas en algún fin de semana otoñal. Y esperas que vuelvan las tan esperadas lluvias, que el río vuelva a renacer, que la humedad rezume por todas las esquinas, que el campo se vista de un amarillo otoñal, no de un amarillo de sequía y desolación.

    Cada retorno es distinto. Pero, en el fondo, casi todos los regresos de vacaciones tienen el sabor agridulce de la nostalgia. Eso sí, te consuela tal vez el reencuentro con los amigos que se quedaron en la ciudad, la vuelta a una mal llamada normalidad, la ilusión de soñar con nuevas metas y diferentes retos. Pero, en el fondo, no puedes evitar el peso del recuerdo y la sensación de fugacidad de tantas vivencias. Te despides hasta el año que viene, hasta el verano que viene, hasta las próximas vacaciones. Y piensas en lo inmediato. En los asuntos que te quedan pendientes, en los temas siempre diferidos, en los momentos de silencio y soledad que acompañarán muchos de tus días.

    Ya estás llegando a tu destino. Ha sido poco más de hora y media de viaje. Lo suficiente para lanzar esa mirada retrospectiva a un mes largo de ocio, de tranquilidad y - por qué no - de actividades de todo tipo. Un verano más en tu memoria. Un verano más en el sendero abonado de los sueños.

25/08/2012 19:39 josemarco Enlace permanente. IMPRESIONES No hay comentarios. Comentar.

INCENDIOS

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     Después de la crisis, la prima de riesgo o las olas de calor, no se habla de otra cosa en los últimos días. Son el azote de cada verano para todas y cada una de las zonas arboladas de la geografía española. Pero este verano, a causa de la prolongada sequí y de las extremas temperaturas, está siendo un fenómeno desolador. No sólo para los que lo sufren en sus propias carnes - tierras, viviendas... - sino para los que defendemos ante todo un entorno natural verde para nuestros hijos y nietos.

     Estamos a finales de agosto - aún queda septiembre - y las hectáreas quemadas en España en lo que llevamos de año ya rondan las doscientas mil. Una auténtica barbaridad. Lo peor de todo es que nuestras autoridades no saben cómo poner freno a esta plaga que, la mayoría de las veces obedece a descuidos e incluso a una clara intencionalidad.

     El último incendio ha afectado directamente a tierras aragonesas. Es curioso comprobar cómo uno de los primeros grandes incendios del año - el de Castanesa en marzo - también comenzó en Aragón. Del Pirineo al Moncayo, dos parques naturales de esta tierra cada vez más seca y necesitada de agua. Lo peor de todo es que, cuando iniciamos un viaje, nos vamos acostumbrando a ver esas zonas grises, cárdenas, desoladas y fantasmales.

     Hace una semana tuve la oportunidad de contemplar por primera vez, al filo del crepúsculo, los efectos de uno de los incendios más devastadores en Aragón en los últimos años, el que afectó a los términos municipales de Aliaga, Ejulve y La Zoma. Regresaba del Bajo Aragón y, nada más cruzar Ejulve, me llegó como un vendaval oscuro, la silueta todavía calcinada del entorno del Majalinos, el entorno desolado de La Cañadilla, los pinos como convidados fantasmales de piedra a una noche veraniega vestida de soledad y silencio. Eso sí. unos cuantos animales - cabras, liebres, comadrejas, ...- cruzaron la carretera sin tráfico como si intentaran adueñarse de una vez por todas de lo que les arrebataron las llamas durante esos terribles días de julio de 2009.

    Hoy, al contemplar en televisión las imágenes del incendio del Moncayo, pienso en los habitantes de Calcena, de Talamantes, de Tabuenca. Y recuerdo ese otoño de 2007 en el que ascendí a este dios que ya no ampara - en palabras de Labordeta - y contemplé el amarillo de las hojas de los árboles de este parque natural amenazado por la sequía y el clima cada vez más cálido. Y recuerdo a los habitantes de La Gomera, de la sierra de Valencia, del sur de León, de Robledo de Chavela, de la provincia de Girona,... Serán zonas desoladas durante varias décadas y luego volverá la rueda de los incendios como una sinrazón estival.

29/08/2012 16:56 josemarco Enlace permanente. ECOLOGÍA No hay comentarios. Comentar.


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