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TRENES

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     Hay trenes legendarios, trenes históricos, trenes literarios y trenes cinematográficos. Todos ellos tienen un denominador común: simbolizan el progreso, la huida del presente, la evasión, la mirada fugaz y el fragor de su maquinaria más o menos obsoleta.

     Los literatos siempre se han hecho eco del rugido más o menos quejumbroso del tren. Y muchos de ellos - como Leopoldo Alas Clarín - en su excelente cuento Adiós Cordera a finales del siglo XIX, presentan este nuevo símbolo del progreso como una amenaza contra el apacible e idílico medio natural del norte de España. Ya en el siglo XX, hasta el propio Antonio Machado poetiza sobre este medio de locomoción que le acerca desde Soria o Andalucía a la capital de España.

    En la obra El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo, aparecen diversas alusiones a un tren que, recién acabada la guerra civil, se alejó definitivamente de las aspiraciones de muchos españoles. Perdieron el tren del progreso, el tren de la esperanza, el tren de una vida más o menos acomodada. El traqueteo del tren se repite cada vez que  el padre de estos dos hermanos antagónicos, se asoma al tragaluz del semisótano en el que vive y evoca derrotas, fracasos, una dolorosa depuración y la trágica muerte de su hija pequeña.

    La obra se representó con éxito en 1967. Ahora está casi olvidada, como tantas creaciones de Buero Vallejo. Tres años antes, me subí por primera vez a un tren, desde Caspe a Barcelona. Lo llamábamos la cafetera, por el humo que despedía la chimenea de la locomotora y que entraba por las ventanillas en cada uno de los túneles. Eran trenes de posguerra, de miseria, de supervivencia.  Hoy se habla mucho de los AVE, esos trenes de alta velocidad que han eclipsado los trenes tradicionales y están dejando morir lentamente líneas tan antiguas como la de Canfrac. La Diputación General de Aragón acaba de comprar una estación abandonada desde hace años. Va a intentar reflotarla y convertirla en un lugar turístico. No sé si lo logrará. Pero lo que está claro a día de hoy es que la línea desde Huesca hasta la población pirenaica está tan abandonada que sólo nos sugiere nostalgia y una notas de romanticismo. Una vuelta hacia el siglo XIX de Clarín, un duro castigo del progreso que prefiere alternativas más rentables y políticamente correctas.

19/01/2013 16:59 josemarco Enlace permanente. sin tema

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