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CADUCIDAD

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     Cada vez me sorprenden menos estos meses de febrero turbulentos, caprichosos y paradójicos. No tengo muy buenos recuerdos de este mes, marcado por el frío, los carnavales y el inicio de la cuaresma. Tal vez el único recuerdo positivo sea el nacimiento de mi hijo, fecha irrepetible e inolvidable. Lo demás creo que pertenece al ámbito de lo caduco y perecedero.

     Febrero es un mes caduco, anodino, ancajado entre el primer mes del año y el mes que sirve de pórtico a la primavera. Y es que "febrerillo el loco", como le ha bautizado el refranero popular, nos suele traer pocas alegrías a los que soñamos con una anticipada primavera y aún tenemos esperanzas e ilusiones. Es verdad que es un mes de celebraciones populares - San Blas, Santa Águeda, el jueves Lardero, San Valentín,... - pero, a pesar de ello, no le luce en su cartel de mes anodino y con fama de malos augurios.

     Hay que decir, sin embargo, que febrero es el mes de la natalidad, el mes del amor y, según algunos, el mes adolescente - por eso de ser más breve que los demás. Por eso su brevedad es tal vez el mejor encanto. Brevedad como anticipación - salen las primeros brotes primaverales - brevedad como símbolo de lo efímero, brevedad como destino inexorable de estos 28 ó 29 días.

       De todos modos, lo caduco y perecedero está presente en todos los meses, en todos los días, en todas las horas. Caducan aceleradamente las horas, se esfuman los días, se aceleran las semanas y se acumulan los meses y los años. Lo caduco y efímero es un signo de los tiempos, es un sino vital, es una inevitable e irremediable realidad. Por eso a veces nos gustaría que no caducara la vida, que no caducaran los momentos felices, que no caducara el amor.

      Nos gustaría, eso sí, que caducara la crisis, que desaparecieran de un plumazo los casos de corrupción, que no se hablara nunca más de desahucios, de recortes irracionales, de paro inasumible, de un futuro cada vez más incierto para las generaciones más jóvenes. Esa caducidad es la que no acaba de llegar lamentablemente. Y lo peor de todo es que, según vaticinan los expertos, la crisis y sus secuelas aún no ha tocado fondo.

      Dejaremos de momento los malos augurios y nos centraremos en ese presente que se esfuma después de cada pulsación de las teclas del ordenador. Pensaremos en la paella dominical y en la tarde lánguida asaeteada por un sol cada vez más cálido y esperanzador. Al parecer, todo es según cómo se mira: subjetivo, plural y ambivalente.

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