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LA MAGIA DEL MONCAYO (II)

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     Hace casi cinco años y medio, el once de noviembre de 2007, ascendí por primera vez al Moncayo acompañado de mi hijo Javier, al pico más alto de la provincia de Zaragoza, todo un símbolo y una aspiración para los amantes de la montaña y de la naturaleza. Así terminaba mi impresión de esa ascensión ilusionante - y que podéis leer en este mismo blog: El descenso ha sido rápido y francamente maravilloso. Hemos dejado la cumbre con una cierta nostalgia y con el deseo de volver. Tal vez en primavera y, si puede ser, con ese manto de nieve que atraía e inspiraba a Antonio Machado. Pero el Moncayo tiene más tesoros escondidos. Lo importante es descubrirlos poco a poco. Y degustarlos. Como ese exquisito menú con el que hemos culminado una mañana de aventura y de regreso a la montaña. A una de nuestras montañas más legendarias.

     Han transcurrido cinco largos años para que cumpliéramos estos deseos de volver en primavera con ese manto blanco que cubría la machadiana espalda del pico del Moncayo o de San Miguel (2312 metros). Era un reto, una promesa, una secreta aspiración que logramos ayer, día de San Jorge, día de Aragón. Ha sido una ascensión agridulce, marcada por el recuerdo, por las huellas secretas de la memoria. Una ascensión dedicada a Nieves, a su presencia, a su prematura ausencia, a su impuso vital, a su afán de superación, a su talante solidario. Desde la cumbre volvimos a contemplar un paisaje inolvidable. Pero ya no era lo mismo que la primera vez. Han transcurrido días, meses, semanas marcados por el horizonte de la incertidumbre y por la presencia de una incómoda soledad. Pero nos hemos sabido levantar, nos hemos mantenido erguidos, hemos seguido las huellas del optimismo y hemos ascendido paso a paso la cumbre de los días agrisados y otoñales.

     El Moncayo nos marcó ayer una pauta para la superación, para la lucha contra el paso del tiempo, con el recuerdo de Bécquer y de Machado, con la visita al castillo de Trasmoz y a su recoleto cementerio, con el aliento de una brisa suave, con la contemplación de una nieve virgen, con el cortejo de pinos, hayedos y robledales, con el rumor de la fuente cristalina e incontaminada, con el brillo plateado del sol sobre la nieve, con el cansancio dulce y el suave rumor de los pasos sobre las piedras grises y apizarradas. Un día para recordar, una nueva aventura para romper el lastre de la rutina cotidiana, un regreso al pasado a través de los sueños de futuro y de un presente que se acelera sin tregua ni respiro.

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