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OTOÑOS

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     Esta noche entrará de nuevo el otroño meteorológico y se esfumará definitivamente otro verano. Un verano efímero, cálido, prometedor. Pero este nuevo equinoccio, en el que los días compiten con las noches, marca el inico de un otoño que se va incorporando con suavidad, con dulzura, como si no quisiera herir de nostalgia a los amantes de la luz y de los crepúsculos dilatados.

      Porque, en realidad, vivimos varios otoños. Al menos, dos estaciones distintas con una misma denominación. El otoño dulce de finales de septiembre y del mes de octubre y el otoño austero y crepuscular de noviembre y de principios de diciembre. El primero se resiste a abandonar esa placidez de las tardes veraniegas y esos amaneceres con un sol todavía generoso; el segundo se embebe paulatinamente de sombras y nos sumerge en la melancolía.

     Nunca me ha gustado esa acotación progresiva de las horas de luz. Nunca me ha gustado ese despojo de los árboles y esa tonalidad amarillenta de los valles y de los montes. Es como si nos robaran algo de vida, como si atenuaran sibilinamente nuestras ganas de vivir. De todos modos, hay que buscar en el otoño el aliento del paisaje, que se viste de colores inusuales, la generosidad de la tierra que nos ofrece sus últimos frutos y ese sosiego de la naturaleza que nos invita a aprovechar con más intensidad las horas centrales del día. Sin olvidar, desde luego, ese otro otoño cultural que sobrevive sin tregua a pesar de los recortes y la alargada sombra de la crisis.

     Vuelve el otoño, vuelve el curso escolar y se adivina el regreso a la rutina. Eso sí, en Zaragoza todavía queda un paréntesis festivo que nos recuerda de nuevo las fiestas y celebraciones del pasado verano. Es la semana del Pilar que rompe de nuevo la monotonía de los días y marca el final de una etapa festiva, lúdica y trasnochadora antes de sumergirnos en esos largos meses que, con o sin nostalgia, siempre nos van a dejar un resquicio para la reflexión y la esperanza.

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