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AL FILO DEL INVIERNO

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     Mañana de diciembre en Aliaga. El día se despereza lentamente después de una madrugada con temperaturas rondando los diez bajo cero. La escarcha ha dejado su huella en los tejados, en los corrales, en los campos, en las riberas del río. Hay un manto blanco, casi inmaculado, que engalana las ramas ya desnudas de los chopos eternos. Esos chopos que flanquean el humilde Gualalope cada vez más escondido entre la maleza y las hierbas más rebeldes. El sol de diciembre, ese sol traidor y engañoso, se asoma tímidamente entre las montañas. Su recorrido será breve, fugaz, casi testimonial.

     A lo lejos, camina un grupo de excursionistas que han desafiado el frío de las primeras horas y regresan satisfechos camino del molino. En el reciente museo-restaurante repondrán fuerzas y disfrutarán de un paisaje nuevo, casi inédito. Eso sí, cuando llegue la tarde, al filo de las cinco, tendrán que abrigarse y buscar un lugar donde seguir compartiendo inquietudes y proyectos. Porque la vida sigue. Aunque en este valle, al filo del invierno, las horas parecen detenerse y el silencio es el rey de la naturaleza.

     Hay muchas maneras de disfrutar de este paisaje invernal. Lejos de la ciudad, lejos del bullicio, lejos de los hechizos prenavideños. Una buena lectura, una entretenida tertulia, unas partidas de guiñote y el fuego del hogar como testigo mucho de las largas tardes invernales.

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