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CALENDARIOS

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     Ayer me llegó el último calendario de este recién estrenado 2014. Es un calendario de sobremesa, práctico, manejable, hecho de un material a prueba de tijeras. Contemplo los doce meses que quedan por delante. 365 días que se esfumarán como el vapor de agua y que añadirán una arruga más a nuestro rostro, alguna cana más a nuestro pelo y un pequeño bagaje de experiencias por vivir.

     Siempre me han gustado los calendarios en la pared. Durante mi infancia me gustanba contemplarlos y conocer el santo adjudicado a cada día. Pero el calendario que más llamaba mi atención era el conocido como "taco". Se componía de 365 hojas de tamaño cercano a la octavilla, que se iban arrancando una vez que el día fenecía como hoja caída de un árbol caduco. En ocasiones nos disputábamos con mi hermano quién la arrancaba antes, e incluso la despegábamos antes de tiempo. Todo ello para contemplar ese número por estrenar. Si se trataba de un número en rojo, la impaciencia estaba más que justificada, ya que era un domingo o un día festivo. Desde entonces el rojo tiene una connotación positiva, en contraste con otras tan negativas por su simbolismo de la sangre o de lo prohibido.

     El calendario se remonta a hace muchos siglos. En España uno de los más peculiares es el Calendario Zaragozano. Aún se puede adquirir en muchos establecimientos. Nos puede orientar sobre aspectos relacionados con la agricultura, la luna y sus vaivenes o los caprichos de la meteorología. Pero lo que no indica ningún canlendario son esas fechas que nunca vamos a olvidar. Son fechas que nos recuerdan efemérides gozosas y, por supuesto, momentos de dolor. ¿Quién no recuerda el día del fallecimiento de un ser querido? ¿O el día de su nacimiento, primera comunión o matrimonio? ¿Quién no recuerda la fecha de la muerte del dictador o el día del intento de golpe de estado de Tejero? Lamentablemente recordamos más los hitos negativos que los positivos. Porque el calendario nos hostiga a todos día tras día - como poetiza Raquel Lanseros -. Y nos dibuja un camino incierto,  que queramos o no, tenemos que recorrer como un ciclo que se repite, como un laberinto que se complica a medida que los años se nos van echando encima.

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