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ADIOS A UN POETA MACHADIANO

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     La semana pasada nos dejó un gran poeta, Félix Grande. Nacido en Mérida de madre republicana, pero enraizado en Tomelloso, se trasladó a Madrid a los veinte años y pulsó diversas teclas del arte y de la cultura. Hasta que se inclinó por la poesía, sin dejar de lado su gran interés por el flamenco. Con su poemario Las piedras obtuvo el premio Adonais en 1964 y, desde entonces, nos fue regalando excelentes poemas, relatos inolvidables y acertados ensayos. No podemos olvidar su novela Las calles o su ensayo Memoria del flamenco.

     Porque Félix fue desde sus primeros versos un autor comprometido, coherente, de hondas raíces existenciales. Siguió la estela de Antonio Machado y del gran César Vallejo. Colaboró con Luis Rosales en la revista Cuadernos Hispanoamericanos y obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2004. Esposo y padre de poetas, nos ha dejado una huella profunda e imborrable no sólo como escritor sino como persona. Su último poemario Libro de Familia cierra un círculo que, a pesar de su ausencia, quedará entre nosotros como un halo mágico y sugerente.

     Transcribo un poema del autor extremeño-manchego como homenaje y reconocimiento a este enamorado de las letras que enlazó la poesía social de los años cincuenta con la de los novísimos de Castellet, también recientemente fallecido:

                            Del árbol de los tiempos nos hemos desprendido

                           bajo todo un sistema de galaxias de años

                           y ahora estamos mirándonos y nos vemos extraños

                           igual que dos océanos que se hubieran unido.

                           hemos viajado tanto, es tan hondo el misterio

                           de coincidir, y amarse, desde vías tan remotas;

                           aún estamos buscándonos en el tiempo: dos motas

                           de polvo de ciprés tanteando un cementerio;

                           nos estamos mirando como dos aves pobres,

                           lastimados de vuelo, lastimados de espacio,

                           lastimados del tiempo que nos ha estado viendo;

                           nos estamos mirando lo mismo que dos sobres

                           cerrados el uno frente al otro que, despacio,

                           se van abriendo, se van abriendo, se van abriendo.

 

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