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EDUCAR

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     Hace tiempo que no hablo de algo tan importante como la educación. Educar es mucho más que enseñar, mucho más que orientar, mucho más que acompañar, mucho más que hacerse eco de los problemas del niño o del adolescente. Educar es todo eso y mucho más. Y en esa tarea estoy inmerso después de muchos años. Una tarea gratificante en ocasiones, ingrata en otras y cada día más estresante. Porque desde la década de los setenta, han cambiado muchas cosas en el ámbito escolar. Los alumnos son cada día más irrespetuosos, más insolidarios y más rebeldes. Y a esto hay que añadir la heterogeneidad de culturas, la distinta formación y el complicado ambiente social. Porque hay que tener en cuenta también el papel de las familias que colaboran cada vez menos con el docente. Y esto supone un lastre y un gran escollo.

    Si a todo esto añadimos la situación de la educación desde hace cinco años cuando empezó la crisis, el diagnóstico puede ser hasta desalentador. Las autoridades educativas nacionales y autonómicas no han dejado de recortar en este pilar fundamental para la sociedad del futuro. La tijera ha llegado a todos los ámbitos. Más horas de docencia, menos profesores de apoyo, más alumnos por clase, congelación o disminución de los sueldos y un futuro cada vez más incierto. Y esto nos afecta a todos los docentes, por muy vocacionales que seamos. El ambiente de los centros ya no es el de antes. Se advierte un clima de desánimo, una falta de entusiasmo y un cierto deseo inconsciente de tirar la toalla. Y a veces uno se conforma con conseguir un clima de silencio en clase, unas actitudes elementales de respeto y unas reglas elementales de convivencia. Porque si no empezamos por la base, difícilmente podremos enseñar matmáticas, lengua o inglés. Y los perjudicados son los de siempre: los pocos alumnos que muestran interés y necesitan una atención personalizada.

    No sé cuál será el futuro de la educación pública a medio plazo. Pero lo que se atisba en el horizonte es que la profesión de docente se va a convertir en algo difícil, poco valorado y sin ningún reconocimiento de la sociedad. Mucho han de cambiar los dirigentes políticos para darse cuenta a tiempo de una situación que con la LOMCE no va a mejorar sino todo lo contrario. Porque es una ley elitista, segregadora y con evidentes connotaciones ideológicas. Además se quiere implantar con pocos medios y sin un consenso mínimo. Hay cada día más voces discrepantes, pero el ministro Wert no da su brazo a torcer de ninguna manera. Y el pacto por la ecucación sigue siendo la asignatura pendiente de este país. Mientras tanto, descontento, desconcierto y una preocupante falta de entusiasmo en un cuerpo cada vez menos valorado desde todos los ámbitos.

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