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ANTONIO MACHADO

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     Hace setenta y cinco años fallecía en Colliure, un pueblecito del sur de Francia el gran poeta sevillano Antonio Machado. Como como profesor, como literato, como aprendiz de poeta, quiero recordar a este escritor comprometido, cercano a la pueblo, solitario, reflexivo, solidario y sin demasiadas pretensiones ni protagonismos.

    La trayectoria literaria de Machado camina paralela a su itinerario vital. Una andadura difícil y cercana a la aventura. De Sevilla se traslada a Madrid. Recala durante unos meses en París. Comienza su labor docente en Soria, de la que guarda un recuerdo agridulce. Se traslada a Baeza, regresando a su Andalucía natal. Ejerce su magisterio en Segovia y acaba en la capital de España donde le sorprende el inicio de la guerra civil. Desde allí es evacuado a Valencia, permanece unos meses en Barcelona y cruza la frontera con su madre y miles de republicanos, enfermo y angustiado, para emprender el viaje definitivo pocos días después.

    Se ha escrito mucho de Machado. Ahora tenemos la suerte de recrearnos con la lectura de sus poemas. Pero durante los años de la época franquista estuvo silenciado como tantos otros, entre ellos nuestro paisano Sender. De machado no sólo nos quedan sus poemas y sus obras de teatro. Podemos disfrutar también de sus consejos, sentencias y donaires, en boca de su alter ego Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín. Son diálogos profundos, ingeniosos y sugerentes.

     Como homenaje a este gran poeta y pensados, plasmo algunas sentencias de este libro que convendría leyeran de vez en cuando nuestros dirigentes políticos y los multimillonarios que manejan el mundo:

     Decía mi maestro que deseaba morir sin llamar la atención de nadie; que su muerte pasase completamente inadvertida. Un mutis bien hecho - añadía aquel buen farsante - no debe hacerse aplaudir.

    Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario. Sin embargo, no hay guerra sin retórica. Y lo característico de la retórica guerrera consiste en ser ella misma para los dos beligerantes, como si ambos comulgasen con las mismas razones y hubiesen llegado a un previo acuerdo sobre las mismas verdades. De aquí deducía mi maestro la irracionalidad de la guerra por un lado y de la retórica por otro.

     "Fugit irreparabile tempus". He aquí un latín que siempre me ha preocupado hondamente. Pero mucho más este dicho español: "Dar tiempo al tiempo". Meditad sobre lo que esto puede querer decir.

     Sólo en el silencio, que es, como decía mi maestro, el aspecto sonoro de la nada, puede el poeta gozar plenamente del gran regalo que le hizo la divinidad para que fuese cantor, descubridor de un mundo de armonías. Por eso el poeta huye de todo guirigay y aborrece esas máquinas parlantes con que se pretende embargarnos el poco silencio de que aún pudiéramos disponer.

    




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