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ADIOS A UNA NOVÍSIMA

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     Nos ha dejado esta pasada semana una de las escritoras más representativas de la renovación literaria de los años setenta. Eclipsada tal vez por la sombra agigantada de su hermano Terenci, Ana María se revela desde los años sesenta como una excelente periodista, como una poeta rupturista y como una impulsora del mundo editorial que en Barcelona fue testigo e impulsor del famoso "boom".

     La pequeña y jovencísima Moix fue incluida por el poeta y editor José María Castellet, recientemente fallecido, en la antología Nueve novísimos poetas españoles. En ella figuraba la joven promesa literaria junto a Manuel Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer o Leopoldo María Panero. Querían resucitar el Modernismo de Rubén Darío, implusar un nuevo vanguardismo y romper con la ya repetitiva poesía social de las décadas anteriores.

      La actividad literaria de Ana María era casi frenética. Publicó también novelas, ensayos y cuentos para niños. Toda su vida estuvo dedicada a la Literaruta hasta que la enfermedad la sumió en una discreta postración. En los últimos años se intensificó su sentido crítico sobre la situación que vivían España y el mundo. Esto lo reflejó en un Manifiesto personal, un puñetazo moral sobre la mesa en defensa de los valores cívicos y democráticos.

     Mi sencillo homenaje a esta poeta es recordar uno de sus poemas más emblemático

                   Andando el tiempo se verán las caras, esos que gritan por las esquinas

                  viva la revolución. Degeneramos, compañeros. Preguntad al mozo de

                                telégrafos si le gusta la historia de Rossy Brown.

                   Rossy partió bajo la luna, una noche de fiesta en casa de Míster Brown.

                   Un caballero la envolvió en su capa y a sus sueños la llevó.

                   Regresó luego, triste y perdida, y a los pies de la mamá sollozó: Yo no

                   sabía qué me decía aquella noche, verbena de San Juan, cuando dije 

                  estoy cansada y tengo sueño, mañana ya os veré. Tengo una herida y un

                   hijo muerto. Sólo su capa Jim me dejó. Era mi dueño, y aunque lo digan,

                                                Jim nunca fue salteador.

                   Lo saben Rossy y la cocinera que en el ajo estuvo en la ocasión: Jim

                   vuelve siempre. De madrugada su canción canta a las muchachas de

                                                negros ojos y dulce voz.

                                                Un amor tien cualquiera

                                                pero dulce Jim no.

                 Y es que el mozo de telégrafos está enamorado, y no sabe qué hacer para

                     que la hija de la portera entienda que no es muchacho del montón.

                   

                  

02/03/2014 12:55 josemarco Enlace permanente. LITERATURA No hay comentarios. Comentar.


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