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TRAS LAS HUELLAS DE BÉCQUER

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     El poeta aragonés Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) intervino ayer en el Salón de Actos de la Biblioteca de Aragón para hablarnos de Gustavo Adolfo Bécquer y de su huella en la poesía posterior del siglo XX. En el marco de los actos organizados por la tertulia literaria Fuentes de la Mentira, Guinda disertó con acierto y brevedad sobre "El eco errante de Bécquer". Comenzó el acto con la lectura de dos poemas con temática amorosa: el famoso soneto de Quevedo Amor más allá de la muerte y una de las Rimas más conocidas del poeta romántico.

     La huella de Bécquer llegó a los poetas modernistas, especialmente a Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado en su primera etapa. Impactó  después en la mayoría de los poetas de la Generación del 27 - Aleixandre, Salinas, Guillén, Cernuda - y siguió influyendo en las generaciones posteriores. Poetas como José Hierro, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Leopoldo Panero y el propio Ángel Guinda siguieron esa estela becqueriana que todavía está viva casi un siglo y medio después.

           Bécquer se reveló desde sus primeras composiciones como el poeta del amor. Aunque se podría hablar de una poesía del desamor, ya que toda su andadura sentimental estuvo sembrada de desengaños y fracasos. El poeta sevillano plasmó en sus rimas ese vaivén amoroso: desde la calidez de una sonrisa hasta la frialdad de la indiferencia y el desprecio. Bécquer se sintió solo al final de su vida y apareció en sus últimos poemas la sombra de la muerte. Es una poesía existencial, es una poesía agridulce, es una poesía preñada de sinceridad.

     Una de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer refleja este estado de ánimo y es una muestra de la aparente sencillez poética y la hondura de su contenido:

                    Tu aliento es el aliento de las flores,
                   tu voz es de los cisnes la armonía;
                   es tu mirada el esplendor del día,
                  y el color de la rosa es tu color.
                  Tú prestas nueva vida y esperanza
                 a un corazón para el amor ya muerto:
                 tú creces de mi vida en el desierto
                 como crece en un páramo la flor.

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