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DICIEMBRE

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     Este último mes del año marca la frontera entre el otoño y el invierno, entre el avance inexorable de la noche en detrimento del día y el tímido repunte de la luz a partir del solsticio de invierno. Es un mes en el que el paisaje muestra toda su desnudez, toda su desolación, toda su fuerza interior. Porque diciembre no sólo supone el final de una etapa, sino el repunte de otra, la promesa de nuevas vivencias. Al igual que ese árbol desnudo y desprotegido, el ser humano busca refugio y alimenta sus ilusiones que, cual brotes preprimaveras, irán surgiendo poco a poco e irán renaciendo como el día, de modo paulatino, con timidez.

    Con diciembre se nos escapa de las manos otro año, doce meses que nos parecían largos y sinuosos, pero que se han ido esfumando como las hojas frágiles del calendario. Un calendario festivo en el que la iglesia sitúa una de sus celebraciones más importantes: La Navidad. Una fiesta que hunde sus raíces en los primeros años del cristianismo y que aún se mantiene aunque cada día se celebren más los aspectos profanos más cercanos a las primitivas saturnales romanas.

    Pero diciembre es también el mes de los balances, de las valoraciones. Porque el 2014 quedará en los anales de la historia como un año de transición, de expectativas y de desencantos. Desencanto con los políticos, porque se han multiplicado los casos de corrupción; desencanto con la economía que no acaba de repuntar; desencanto con la desigualdad a nivel internacional que no sólo se mantiene sino que se incrementa de modo preocupante. Por eso las miradas de muchos ciudadanos están puestas en el 2015. Un año con triple cita electoral, un año en el que las urnas van a jugar un papel importante.

    De todos modos, pienso que lo importante es vivir el día a día, hacer planes a corto plazo y afrontar el invierno con un talante optimista. Un talante que está por encima de la soledad, de los días agrisados, del tiempo desapacible y de los crepúsculos eternos.

    Plasmo un poema del gran escritor chileno, Pablo Neruda, que expresa con intensidad las sensaciones que le produce el invierno:

                                            Y fue a esa edad...Llegó la poesía

                                            a buscarme. No sé. No sé de dónde

                                            salió. De invierno o río.

                                             No sé cómo ni cuándo.

                                             No, no eran voces. No eran

                                             palabras ni silencio,

                                             pero desde una calle me llamaba,

                                             desde las ramas de la noche,

                                             de pronto entre los otros,

                                             entre los fuegos violentos

                                             o regresando solo,

                                             allí estaba sin rostro y

                                             me tocaba.


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