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LA DESPOBLACIÓN RURAL

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No es un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Se remonta a las primeras décadas del siglo XX. Ayer se hacía eco la prensa de este trasvase, al parecer irreversible, de los habitantes del medio rural hacia las dos grandes ciudades españolas y hacia las zonas costeras. Entre las comunidades autonómicas más afectadas por este éxodo de los jóvenes y menos jóvenes hacia los grandes núcleos de población estaba Aragón - con la excepción de su capital, Zaragoza - y entre las provincias figuraba - ¡cómo no! - nuestra querida provincia de Teruel, una de las más extensas de España. Este farolillo rojo en el número de habitantes lo comparte con Soria, Lugo y Zamora. Son provincias del interior, con un clima frío, con pocas perspectivas de crecimiento industrial, con un progresivo declive de sectores como la agricultura o la ganadería.

Teruel comenzó a disminuir su población hacia 1910. Y en casi un siglo ha perdido la friolera de 116.000 habitantes, casi tantos como tiene en la actualidad. Lo más grave es que este goteo no cesa: se van muriendo los ancianos, los jóvenes huyen a la capital, casi no hay nacimientos y las perspectivas de futuro son poco halagüeñas. Si no que se lo pregunten a los escasos vecinos de pueblos como Maicas, Armillas, Fonfría, El Salcedillo o Segura de Baños.

Aliaga es un ejemplo claro de esta despoblación. Un caso similar al de Ojos Negros. Cesaron las explotaciones mineras, caducó la central térmica y, de una población que rondaba los dos mil habitantes en los años cincuenta, ha pasado a poco más de trescientos en el 2006. Hay que tener en cuenta, además, que muchos de estos habitantes no residen habitualmente en el pueblo, sólo están censados allí y acuden, sobre todo, durante los meses de verano. Y también hay que comprobar que se han anexionado a Aliaga los núcleos de Campos, Cirugeda y La Cañadilla. Desplazarse a Aliaga, o a cualquier pueblo de estas zonas deprimidas, en otra época del año es topar de lleno con la soledad, el silencio y la decrepitud. Quedan algunas familias jóvenes inquietas y emprendedoras. Pero son una minoría y, cuando sus hijos comiencen la Enseñanza Secundaria o el Bachillerato, tendrán que buscar otra solución: Teruel o Zaragoza. Lo más preocupante es que la mayoría de los habitantes de nuestros pueblos son jubilados y superan los sesenta años. Ilusión no les falta, pero notan la ausencia de un relevo generacional y de la alegría y el entusiasmo de los niños y jóvenes.

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