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LOS VIEJOS OLIVOS

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   Siempre se le ha asociado al olivo el calificativo de viejo, vetusto o centenario. Desde el huerto de Getsemaní hasta las composiciones de cantautores como Carbonell y Labordeta, sin olvidar al gran poeta Antonio Machado, los olivos han formado parte de un paisaje caracterizado por la adustez, lo otoñal y lo decrépito.

   Hoy he podido comprobar, sin embargo, que no siempre es así y que el olivo, este árbol de clima mediterráneo, brota en las tierras húmedas, flanqueando los campos de naranjos, con lozanía, altivez y frescura. Olivos de pocos años extienden sus ramas con ambición y cobijan bajo sus verdes "alas" a otros árboles más humildes. Son olivos jóvenes, con poco fruto, pero con un desarrollo ambicioso y exuberante. Hemos talado cuatro olivos en un pequeño solar porque se elevaban altivamente por encima de las paredes y amenazaban con crear un reino propio, un ecosistema único. Por una parte, me ha dado lástima. Y he recordado los viejos olivos del Bajo Aragón. Y los olivos que bordean la carretera de Belchite. Y los inmensos campos de olivares de Jaén. Y los olivos de Ahigal (Cáceres), que son motivo de un concurso literario desde hace bastantes años.

   De todos modos, me quedo con el olivo viejo, maduro, centenario. A pesar de su adustez y de su aparente decrepitud. 

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