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EL LATIDO DE LA TARDE

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     Hay tardes que se deslizan como minúsculos gusanos de seda. Otras se visten con la túnica del sosiego y oscilan ralentizadas entre la espera o el dilema.  Con la lectura de la prensa ha abierto el pulso cotidiano de esta tarde otoñal disfrazada de verano. He echado de menos la sección La ciudad de las gaviotas de Mariano Gistaín. Me he ceñido, sin embargo, a las páginas de opinión. Las demás se llenan de anuncios y de escuetas noticias que se repiten en casi todos los periódicos. Sólo los columnistas y alguna carta al director rompen la tónica de la mayoría de los medios escritos Espero que Gistaín regrese pronto a su cita diaria con esta página impar y la siga vistiendo de poesía y de literatura.

      Nada más salir de casa, mi primer dilema ha sido simple, intrascendente: ¿tomaré el autobús hasta la plaza del Portillo o será mejor ir andando? Ha llegado un autobús totalmente nuevo, con olor y sabor a estreno y no he podido a negarme a subir. Sé que realiza un auténtico recorrido turístico por el centro de la ciudad, sé que andando habría ganado tiempo, sé que sus frecuencias son muy irregulares. Pero he preferido salir de casa con un estreno simbólico y aprovechar la atalaya de este transporte ecológico para observar con calma la ciudad. Sin prisas. Sin horarios. Sin inquietudes aparentes.

     La tarde se abre como un abanico de colores a medida que nos acercamos al centro: colores amarillos y negros de los aficionados del Aris griego, que se pasean por el Coso; colores azules y blancos de las bufandas de los zaragocistas, que esperan un autógrafo de sus ídolos en las inmediaciones del hotel Zentro; tapiz multicolor de ciudadanos que caminan, dialogan o simplemente miran desde las aceras de la avenida del Conde de Aranda. El autobús avanza a ritmo lento, como si quisiera mostrar a todos los zaragozanos que es nuevo, que es un "FVX", que lo importante es la ruta, el recorrido, la espera sin relojes y sin alarmas.

      Dejo para otra ocasión los dilemas intrascendentes que rondan por mi mente como una aureola invisible. Plasmo, sin embargo, algunos dilemas de mis amigos y conocidos. Ernesto, que acaba de trasladarse a vivir a Valdespartera no sabe si alejarse de la ciudad durante las fiestas del Pilar: ¿Le dejarán dormir las ferias? Inés vive en Montemolín, muy cerca del pabellón Príncipe Felipe. Es joven y le gusta divertirse. Por eso se alegra de que el pabellón Interpeñas se mantenga allí, en San José, al menos un año más. Ignacio vive en el barrio de Las Fuentes. No sabe si irse al pueblo a descansar o quedarse para acudir al pregón y presenciar algún concierto. Se decidirá mañana. Se ha guardado unos días de vacaciones para la próxima semana. Sólo unos pocos van a tener ese privilegio.

     Tarde de espera en Zaragoza. Colas en las taquillas de la plaza de toros. Ambiente europeo en los aledaños de la Romareda. Compás de espera de los trabajadores de TUZSA. Días de dilemas. Dilemas que son la salsa de lo cotidiano, el latido de todos los días, el regalo otoñal de esta tarde plácida y dilatada.

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