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LA TRASTIENDA DE LA EXPO

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     Mientras el mes de noviembre se esfuma lentamente, las obras de la Exposición de Zaragoza, prevista para el verano de 2008, avanzan entre bastidores y permanecen en una especie de trastienda. Los operarios trabajan noche y día en el meandro de Ranillas, pero la ciudad parece dar la espalda, de momento, a estas moles de hierro y hormigón, presididas por la espectacular Torre del Agua. Se nos va un mes anómalo desde el punto de vista climatológico y conflictivo en el ámbito del transporte urbano. Se quejan los taxistas, porque no quieren más licencias; se quejan los trabajadores de Tuzsa, porque no están satisfechos con sus condiciones de trabajo e incluso se quejan los que se atreven a transitar en bicicleta, porque los carriles bici no están bien diseñados.

     Pero este mes otoñal nos ha traído otros asuntos que copan día tras día las primeras páginas de los periódicos y las portadas de otros medios de comunicación. Tanto el macrocentro lúdico, que está previsto levantar en plena estepa monegrina, como el interminable conflicto de los bienes de la Franja, preocupan tanto o más a los ciudadanos que esas obras realizadas a la orilla del Ebro casi a contrarreloj. Y es que, al parecer, muchos zaragozanos prefieren mantenerse al margen de este evento centenario y mostrar una actitud de euforia contenida o de emoción aplacada. Aunque queden sólo seis meses, parece mucho tiempo todavía. Están las Navidades de por medio, el inicio de un año que quedará para la historia de la ciudad, las elecciones generales de marzo y otros eventos que no figuran en ninguna agenda, pero que pueden surgir en cualquier momento.

    La Expo, sin embargo, sigue entre bastidores hasta que se levante definitivamente el telón y desaparezcan las grúas, los inconvenientes de las obras y las frías imágenes de esqueletos de cemento. De momento, hasta parece que las calles están más tranquilas sin la herida del cierzo. ¿Dónde están los más de mil taxis? ¿Qué ocurre con la frecuencia de los autobuses? Lo único que no podemos eludir es el sonsonete prenavideño y la invitación al consumo. Lo demás permanece aún en la trastienda, como esos muebles antiguos que hay que restaurar antes de presentarlos relucientes en el escaparate. Tal vez sea mejor así: sin estridencias, sin demasiados alardes, entre bastidores. 

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