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POR LA RIBERA BAJA DEL EBRO

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     En una tarde primaveral nos hemos dirigido en autobús por la Ribera Baja del Ebro hacia la pintoresca localidad de Quinto de Ebro. El motivo de este viaje ha sido el encuentro de fútbol entre los infantiles del Club Deportivo San José y los jugadores del Quinto. En lo deportivo, el choque ha sido muy igualado y, de no haber sido por dos despistes defensivos en los últimos cinco minutos, habría terminado en tablas. Eso habría sido lo más justo. Pero de la victoria visitante - se ha estrellado un balón en el larguero - a la victoria local ha mediado sólo un contraataque. Es decir, que hemos regresado con la sensación de haber perdido lo que teníamos ganado o, al menos, empatado. A partir de ahora, habrá que apretar mucho el acelerador para mantener ese privilegiado segundo puesto que con tanta ilusión estaban defendiendo nuestros chavales.

     Pero la apacible tarde ha dado mucho más de sí. Contemplar la ribera del Ebro teñida de un verde primaveral - especialmente a partir de Fuentes de Ebro - en estos tiempos de sequía, es algo que alegra la vista y levanta el ánimo. Llegar después a Quinto de Ebro, después de dejar a la izquierda el cruce de Pina y contemplar el paisaje ribereño en lontananza es algo de lo que no se disfruta todos los días. Quinto nos ha recibido a la hora de la siesta, con el arco de San Miguel, al final de la calle Mayor. Las calles son sinuosas, y casi todas van a morir a la carretera de Alcañiz. Al derecha, en dirección al campo de deportes, nos indica cómo llegar hasta el monumento más representativo de Quinto, el Piquete, situado en lo alto de este mismo cerro. Esta joya artística, castigada duramente durante la última guerra civil y restaurada recientemente en su parte exterior, no es otra que la iglesia mudéjar de Nuestra Señora de la Asunción. Vale la pena subir por una empinada calle para contemplar un panorama de la villa y de gran parte de este valle, surcado por el Ebro y beneficiado por sus cada vez más preciadas aguas.

     Quiero plasmar a continuación una pequeña síntesis de un gran conocedor de este municipio zaragozano para aquellos que no conozcan Quinto de Ebro y quieran animarse a visitar sus calles, su entorno y sus monumentos: 

    Lo primero que llama la atención de Quinto son sus sinuosas calles, de origen morisco, que serpentean para desembocar siempre en el lugar más inesperado. Adornan el camino unos arcos sencillos y hermosos, que dignifican los pasos del caminante.

     Tal vez no son tan espectaculares como los de otras localidades, pero los arcos de Quinto tienen un sabor humilde y austero, propio de las gentes de la zona, acostumbradas a luchar contra la inclemente naturaleza y su poca dadivosidad.

       Pero la joya más preciada del municipio, que seguro valorará el viajero con la misma intensidad que los propios quintanos, es el conocido como "Piquete".   Se trata de un templo mudéjar situado en lo alto de la localidad, cuya silueta conforma su paisaje más característico. La iglesia de la Asunción (ese fue su verdadero nombre) sufrió graves destrozos durante la Guerra Civil, pero hoy todavía conserva una abigarrada decoración mudéjar, formada por amplios paños de "sebka", en la antigua torre de planta cuadrada.

    Quinto recibe al visitante con el rumor de los viejos muros, que entrañan miles de historias que se intuyen claramente y demuestran la riqueza de su patrimonio a pesar del abandono y de la dejadez de aquellos que han permitido y consentido la perdida irreversible de los Baños de Quinto que fueron referente internacional en el siglo XIX, el total abandono del palacio renacentista conocido como "la casa del cura" o las continuas agresiones de las que han sido y son objeto el "Piquete" (hoy restaurado en su exterior) y los Arcos de Quinto.

     Pasear por sus aceras es acercarse un poco más, de manera más fértil, a los orígenes que Quinto comparte con otras muchas localidades, entre ellas Salduie, que tras otros nombres es hoy Zaragoza. 

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