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CIUDAD CAÓTICA

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     La ciudad se viste de otoño al filo de la tarde. Un ejército de nubes cárdenas sobrevuela sobre las terrazas y azoteas. Todos han regresado ya del relajante verano. Los coches inundan las calles y avenidas. Cada vez hay más vehículos en la gran ciudad. Desde lo alto se divisan como cucarachas ambulantes, nerviosas, aceleradas. Mientras tanto, los peatones - algo más prudentes - desfilan por las estrechas aceras en busca de algo o de alguien. De vez en cuando, una bicicleta sortea a los viandantes y busca su lugar natural - o antinatural - en la poblada acera.

    Cuando llegan las horas más conflictivas - las llamadas horas punta - el caos se organiza de repente en las plazas y avenidas más céntricas. La plaza de España es una de las más concurridas. Autobuses y taxis se enseñorean del asfalto. Los autobuses articulados parecen lombrices rojizas que se enroscan entre los pequeños vehículos y las motocicletas. El rumor de los motores lo invade todo. Nadie se escapa de este estallido de estrés. Es el pulso acelerado de la urbe, el aliento vital de miles de ciudadanos, la prisa que, en ocasiones, no conduce a ninguna parte.

     Hay muy pocos peatones que respetan los semáforos en rojo. Quizás sólo un uno o un dos por ciento. Luego pasa lo que pasa. Pero el caos, paradójicamente, es un orden desordenado. Y todo el mundo apura hasta el límite. Es el señuelo del riesgo y de la aventura. Es el afán de apurar sin tregua los minutos y los segundos. Es el irrefrenable impulso de regresar a casa cuanto antes. Es la huida hacia adelante. O hacia ninguna parte.

     La ciudad preotoñal seduce, sin embargo, a propios o extraños. Porque, ¿qué sería de una urbe sin tráfico, sin prisas, sin ruido, sin estrés? Es el precio que el ciudadano tiene que pagar. Por eso algunos esperan con ansiedad la llegada del viernes para emprender una huida efímera del ruido y del asfalto. Aunque sólo sean unas horas. Aunque nada más llegar a cualquier rincón solitario, ardan en deseos de regresar al ruido, al tráfico, a los grandes almacenes, a la música estridente, a los autobuses atestados, a las aceras sin control, al paso acelerado del tiempo.

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