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UNA ESTACIÓN SOLITARIA

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     Regreso a la capital después de dos días de tranquilidad en Aliaga. Un paréntesis necesario. Tarde veraniega en Zaragoza. Entrenamiento vespertino de lo infantiles de primera del San José. Paseo por los aledaños del flamante recinto deportivo. Entorno lleno de contrastes: urbanización aceptable de los alrededores del pabellón Príncipe Felipe y dejadez absoluta del recinto de la estación de cercanías de Miraflores.

     De momento, la estación de Miraflores es un edificio - o aprendiz de edificio - producto de las prisas y de la improvisación. Para llegar a los andenes hay que bordear una huerta o saltar materialmente la valla del tercer cinturón. Luego llegan los caminos, senderos, atajos y obstáculos por doquier. Es difícil encontrar la única entrada - al parecer provisional - que parece la puerta de atrás. Luego vuelven los contrastes: andenes con buena señalización, trenes casi nuevos y, eso sí, soledad y desolación en el recinto.

      A las 19 horas y 31 minutos llega un tren procedente de Casetas. ¡Sin pasajeros! Nueve minutos después emprende su viaje de regreso con sólo tres personas en sus vagones. Es una lástima - comenta un vecino del barrio -. Y tiene toda la razón. Tanta inversión para nada o para casi nada. Al menos de momento. Cuando salgo de la estación para dirigirme al campo de la Unión Deportiva San José elijo otro camino: el llamado Camino de Miraflores. Otra vez el tercermundismo y la improvisación. De nuevo la dejadez municipal. Otra vez los intereses de unos pocos. Triste imagen de esta zona que, según dicen, podría ser una parte importante en la Zaragoza del futuro.

 

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