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josemarco

ECOS DEL VERANO

ECOS DEL VERANO

     Desde mi regreso a la gran ciudad, desde la vorágine de actividades de preparación del inicio de curso, desde la soledad de las cuatro paredes y la visión panorámica de asfalto y cemento, recuerdo los últimos días de un verano que está a punto de fenecer. Mi mente vuela hasta Aliaga. Los vecinos más afortunados estarán quemando los últimos cartuchos de las fiestas mayores en honor a la Virgen de la Zarza y esta noche cantarán el "pobre de mí" por la calle mayor. Esa calle mayor que el domingo pasado se vistió de gala para presenciar el ya clásico toro ensogado. El pueblo se llenó de animación. Niños, jóvenes y mayores contemplaban el espectáculo o se convertían en protagonistas de rápidas carreras y algún pequeño susto. Los balcones y ventanas estaban a rebosar y la gente se divirtió de lo lindo.

     A partir de mañana, el pueblo volverá a su fisonomía habitual: tranquilidad en las calles, soledad crepuscular y silencio por las noches. Menos mal que Neoelectra continuará funcionando, que la escuela acogerá a una veintena de alumnos, que el supermercado seguirá con sus provisiones y el centro de salud atenderá cualquier incidencia. El otoño llegará dulce, silencioso, amarillento. El preludio del invierno será progresivo y teñirá muchos corazones de melancolía. Los que vivimos en otro lugar, soñaremos con el próximo puente festivo, recordaremos los momentos más felices y esperaremos el próximo verano. Eso sí, todos desearemos que no se repita el pavoroso incendio de julio y que las lluvias sean mucho más generosas. La naturaleza lo necesita y el paisaje lo agradecerá.

 

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