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TRANSPARENTE

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     La poeta gaditana y profesora de Lengua y Literatura Rosario Troncoso acaba de publicar un nuevo poemario: Transparente.  Desde que inició su andadura literaria con Huir de los domingos (2006), no ha dejado de sorprendernos con otras antologías, con sus artículos de opinión y con la dirección de la revista literaria y cultural El ático de lo gatos.

    En este último libro, Rosario desvela sus inquietudes más profundas y abre los ojos del alma a la realidad cotidiana, tan ingrata como colmada de plenitud. En la primera parte - Derribos controlados - nos acerca a esa eternidad provisional que vivimos día a día y es consciente de la fugacidad - "Hoy me atraviesa / una inquietud de peces" -  y de la caducidad de un presente que se esfuma: "El gran futuro fue / el sueño de los otros." Porque en este arduo camino que es la vida, hay que asumir la soledad y "desaprender a vivir", como si uno se fuera despojando día a día de un lastre efímero, emocional. Esos "dedos del tiempo" que en el poema La náusea aparecen inquietantes sobre la cama.

     En la segunda parte - Ya no son inquietantes las rutas conocidas - la autora sale a la calle, se encara con la realidad y muestra su inquietud por el deshaucio real y vital. En el poema Unas manos que abriguen reflexiona sobre la ausencia de seres queridos y en Mil sombras repentinas vuelve a ser consciente de lo efímero: "La certeza de que todo se acaba / enmudece a los pájaros". La poeta abre los ojos a la realidad y desde el primer poema Deuterofobia expresa un sentimiento solidario y compartido: "Porque duele la gente / duelen los días más largos". También indaga en la la tarea de escribir, en el poder de la palabra y en esa tentación de escepticismo tan bien expresada en el poema Nada: "Quizás nada ya importe demasiado / cuando no hay asideros".

     Voy a compartir el poema Palabras. Me recuerda su primer poemario Huir de los domingos en él se refleja el peso de lo cotidiano y el secreto de una existencia plena:

                                              A pesar del domingo

                                              y sus calles desiertas,

                                              cocinaba palabras para ti.

                                            Para llevártelas, aún calientes,

                                              me bebía la acera hasta tu casa

                                              apartando hojas secas, desmayadas,

                                              de la línea que subraya el camino

                                              de vuelta a lo que existe.

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